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La Ciudad de las Abejas: el mundo apícola de la familia Morlière en Génos

Ciudad de las Abejas
La Ciudad de las Abejas en Génos, un viaje al fascinante mundo de la apicultura familiar Morlière

La historia de la Ciudad de las Abejas comienza mucho antes de que existiera como tal, allá por 1963, cuando Henri y Adèle Morlière iniciaron la aventura apícola en Muret, donde residían. En 1969, se trasladaron a Génos para aprovechar la flora melífera de los Pirineos, instalando allí 200 colmenas. Años después, en 1983, se incorpora su hijo Maurice, seguido en 1992 por su nuera Ghislaine. Ambos son los encargados de recibirnos y guiarnos en la visita de este curioso lugar.

Miel de Ruchers Sainte-Marie
En la tienda de la Ciudad de las Abejas se pueden adquirir las mieles de Ruchers Sainte-Marie

Tras el fallecimiento de los fundadores, el joven matrimonio tomó el relevo y en 2005 se sumó Cyril, su hijo, consolidando así la tercera generación de apicultores. Con ellos tres, la empresa no ha dejado de prosperar: en 2010 inauguraron una nueva mielería. Hoy, más de sesenta años después de que Henri y Adèle empezaran con 160 colmenas, la familia Morlière cuida de un millar repartido entre distintos territorios. Sus colmenas trashumantes recorren desde Génos, Bayona, Narbona, Valencia y la región de Toulouse. 

Ciudad de las Abejas
Spiraea japonica, arbusto ornamental cuyas flores atraen a las abejas

“Este museo es, ante todo, nuestra historia”, confiesa Maurice, orgulloso de un legado que hoy se abre al visitante bajo el nombre de Ciudad de las Abejas. El ecomuseo se despliega en un parque de casi una hectárea sembrado de flores melíferas y la vegetación más apreciada por las abejas como acacias, tilos, árboles frutales y un sinfín de flores silvestres que sostienen la biodiversidad del paisaje. 

Ciudad de las Abejas
Chalets temáticos y paneles explicativos guían al visitante por la apicultura tradicional y moderna

Una docena de chalets temáticos invitan a descubrir diferentes aspectos del fascinante mundo apícola, mientras los paneles explicativos ayudan a comprender la importancia de estas plantas, verdaderas aliadas de las abejas. “Queremos que quien venga aquí descubra que la miel no es otra cosa que un regalo de la naturaleza y que pueda acercarse al mundo de la apicultura a través de nuestra propia historia.”

La Vida de la Abeja 

Ciudad de las Abejas
Mapa de la Ciudad de las Abejas indicando la ubicación de los doce chalets temáticos

En el chalet temático de La Vie de l’Abeille (La Vida de la Abeja) se despliega un recorrido que condensa la esencia misma de la apicultura: desde un rudimentario extractor de miel hecho con una cesta tejida y troncos de madera hasta un apicultor encaramado en una escalera, intentando alcanzar un panal suspendido de un árbol. En una de las paredes, un mapa de la Ciudad de las Abejas muestra la ubicación de cada chalet. 

Ciudad de las Abejas
Primer coche familiar de Henri Morlière, símbolo de los humildes comienzos apícolas

También puede verse un Citroën 2CV, aquel primer coche familiar conducido por Henri Morlière, que recuerda los modestos inicios. En la pared cuelgan viejas fotografías de la familia, donde aparecen las tres generaciones: Adèle Morlière, la abuela; un joven Maurice; y Cyril de niño. También se conserva la imagen de colmenas destrozadas por un oso en mayo de 2007, un episodio que pudo haber puesto fin al sueño, y refleja la resiliencia que ha acompañado a la familia Morlière hasta hoy.

El Vídeo de la Ciudad de las Abejas 

Ciudad de las Abejas
Escenografía de un apicultor en busca de miel

En La Vidéo se proyecta un vídeo corto donde Maurice, Ghislaine y Cyril, cuentan la historia de cómo comenzó todo, acercando la historia familiar al visitante. En 1903, un conocido le pidió al padre de Maurice, Henri Morlière, construir una colmena para hacer una prueba. Como eran amigos, le sugirió fabricar dos: una para cada uno. A partir de ese gesto sencillo nació una afición que fue creciendo hasta convertirse en oficio. Con el tiempo, su padre dejó su oficio y pasó a ser apicultor profesional: llegó a tener alrededor de 150 colmenas y comenzó a vivir de ellas. 

Ciudad de las Abejas
Fotografía antigua de la familia Morlière en casa con su Citroën 2CV

Maurice recuerda que, de niño, empezó a acompañar a su padre con apenas cuatro o cinco años: subido al camión, en los trayectos en coche a los mercados, incluso junto a las colmenas. Así prendió también en él la misma pasión por el mundo de la apicultura. La actividad de su padre se mantuvo hasta alrededor de 1980; entonces fue cuando Maurice y su esposa Ghislaine tomaron el relevo. El joven matrimonio compró otra explotación y, en esa nueva etapa, pudieron seguir viviendo todos de la apicultura. 

Ciudad de las Abejas en Génos
Colmenas tradicionales de madera para preservar la memoria de la apicultura

Más tarde, Cyril, el hijo de Maurice, se subió al camión para continuar la empresa familiar. Después, en ese mismo vídeo, escuchamos el testimonio de Cyril, que hoy tiene cuarenta años y representa la tercera generación de apicultores de la familia Morlière. Cuenta que nació rodeado de colmenas y que, desde muy pequeño, acompañaba a sus padres al mercado. La apicultura se convirtió para él en algo natural, una pasión transmitida primero por su abuelo y después por su padre.

Ciudad de las Abejas en Génos
La miel es un producto natural que, tras la extracción, se filtra, sin sufrir ningún proceso especial

“Espero que dentro de otra generación alguien más continúe este camino”, afirma con convicción. La proyección continúa con una explicación sencilla del proceso: la miel no sufre transformaciones especiales. En cuanto se extrae, se filtra y se deja en decantación durante unas ocho horas; después se almacena en bidones. Hoy el trabajo cuenta con maquinaria que mejora las condiciones de los apicultores, pero la calidad del producto sigue siendo la misma desde hace tres generaciones. 

Vinagre de miel
Botellas de vinagre de miel artesanal, de la familia Morlière, disponible en su tienda

A continuación, interviene Ghislaine. Trabaja codo con codo con Cyril y Maurice y se ocupa de la comercialización: cuando ellos han terminado la extracción, ella gestiona el envasado y la venta. Durante el año acude a mercados semanales, participa en pequeñas ferias, y distribuye en tiendas de productores y pequeños comercios de Occitania. En invierno mantiene el contacto con los clientes particulares conocidos en verano y vende directamente por internet. 

Ciudad de las Abejas en Génos
Ruche de Sologne, ejemplo de colmena tradicional de paja que inspira la pasión apícola familiar

Finalmente, vuelve el turno a Maurice, quien en el vídeo comparte una reflexión cargada de futuro: “Hoy nos encontramos en un momento de relevo. Pensamos en transmitir la empresa a Cyril, pero junto con ella queremos transmitir también nuestra pasión. Una pasión que ya venía de mi padre, que coleccionaba antiguos utensilios de apicultura, y que yo continué guardando. Con Cyril decidimos dar un paso más: crear la Ciudad de las Abejas.”

Las Colmenas de Madera 

Ciudad de las Abejas en Génos
Colmenas tradicionales hechas con troncos de árbol ahuecados

En el espacio dedicado a Les Ruches en Bois (Las Colmenas de Madera) se despliega la tradición más antigua y sólida de la apicultura. Desde troncos de árbol ahuecados, de castaño o de alcornoque, hasta las ingeniosas colmenas landesas, trenzadas en castaño o construidas con planchas piramidales, el visitante descubre cómo la naturaleza misma proporcionaba los refugios para la miel. 

Ciudad de las Abejas en Génos
El Arnal fue usado desde hace más de 3.000 años hasta finales del siglo XX

Entre las piezas más singulares se encuentra la réplica exacta de un colmenar tradicional del norte de Aragón, conocido como Arnal. Se trata de una pequeña estructura en cuyo interior se conservaban colmenas horizontales de tubos de mimbre ligeramente troncocónicos, colocadas sobre travesaños de madera y cerradas con piedras. En el frontal se daba entrada a las abejas y la parte trasera era para que el apicultor pudiera inspeccionar y recolectar la miel.

El Vivero


Abejas
Uno de los enjambres del vivarium, con la Abeja Reina marcada con un punto verde

Otro de los chalets temáticos es Le Vivarium, un espacio concebido como un vivero donde se puede observar de cerca la actividad de una colmena viva, descubriendo el incesante ir y venir de las obreras y, con un poco de paciencia, incluso localizar a la majestuosa Abeja Reina. Este lugar funciona como un observatorio didáctico: las paredes transparentes permiten asomarse al interior del mundo de las abejas sin perturbarlas, mostrando la extraordinaria organización de la colonia y el papel fundamental que desempeñan en la naturaleza.

La Trashumancia apícola 

Ciudad de las Abejas en Génos
Las abejas aprovechan el día para polinizar, por eso la trashumancia se realiza de noche

En el chalet temático de La Transhumance se explica cómo se trasladan las colmenas en busca de floraciones óptimas y permitiendo a los apicultores obtener varias cosechas al año y una gran diversidad de mieles. Durante el día, las abejas están dispersas por la naturaleza polinizando y el calor hace imposible el viaje. Al caer la noche, cuando todas las abejas han regresado a la colmena, se cargan en los camiones.

Trashumancia apícola
Peugeot 202 U junto a colmenas de madera, empleado por la familia Morlière en la trashumancia

Se conduce hasta el amanecer, momento en que se deben descargar y dispersar en praderas cercanas para evitar que se asfixien. Cada camión transporta cientos de colmenas, y en cada una de ellas viaja un enjambre impresionante de cincuenta mil abejas. Si circulan de día hay que tapar la piquera de la colmena (una pequeña puerta o abertura que hay en las colmenas, para que las abejas puedan entrar o salir) o hay que poner una malla encima del camión para que no se escapen. 

Miel de Ruchers Sainte-Marie
Miel de acacia, delicada y suave, recolectada por la familia Morlière

Para que os hagáis una idea, la familia Morlière hace 25 mil kilómetros con el camión únicamente para mover colmenas. La Trashumancia apícola no es una práctica nueva: hace miles de años los egipcios ya transportaban sus colmenas en barcos por el Nilo, y estas viajaban río arriba al ritmo de la floración. En primavera las colonias se trasladan a los bosques de acacias y a los campos de lavanda, en zonas como el Gers y el Lot-et-Garonne. 

Abejas
Es esencial renovar las colmenas y hacer nuevos enjambres aprovechando el mejor clima

Cuando llega el verano, las colmenas se instalan en la montaña, donde florecen el tilo, el castaño y el brezo. Cada año en noviembre llevan sus colmenas a Gandía para que las abejas pasen el invierno. Además, como la primavera llega antes que en Génos, porque el clima es diferente, pueden empezar a trabajar dos meses antes que en Francia. Buscando el mejor clima para hacer enjambres y renovar las colmenas, la familia Morlière aprovecha y hace miel de naranjo

Ciudad de las Abejas en Génos
Fotografía antigua de la familia Morlière haciendo la trashumancia apícola con su camión Citroën HY

También trasladan las abejas a Cataluña y Aragón para la producción de miel de romero. La familia Morlière tienen un colmenar cerca de Génos, arriba en la montaña, otro a la salida de la población. Y los otros colmenares están alrededor de 40 o 50 kilómetros de la zona. Cada colmenar tiene cien colmenas en cada campo, lo que significa que la familia Morlière gestiona casi mil colmenas. 

Ciudad de las Abejas en Génos
Camión Citroën HY, protagonista de la trashumancia y símbolo de la apicultura moderna

En este espacio veremos un antiguo camión Citroën HY, protagonista de la trashumancia de las abejas y símbolo del inicio de la apicultura moderna para los Morlière. Este robusto vehículo permitió trasladar las colmenas a largas distancias, facilitando la producción de miel en distintas floraciones y haciendo posible la trashumancia nocturna que aún hoy practica la familia. El camión HY reemplazó al modesto Citroën 2CV que perteneció a Henri Morlière.

La Tienda de Miel 

Ciudad de las Abejas en Génos
Antigua máquina para elaborar caramelos de miel

Acto seguido entramos en La Boutique donde el visitante se sumerge en la tradición comercial de la familia Morlière. Una antigua máquina de elaboración de caramelos de miel, permite comprender el proceso artesanal de moldear la miel para convertirla en caramelos, mientras las fotografías en las paredes capturan la actividad en los mercados y la venta directa de tarros de los “Ruchers Sainte-Marie” cuidadosamente etiquetados. 

Ciudad de las Abejas en Génos
Tienda “Au Miel des Pyrénées”, fundada en 1919, con su cartel original

También se expone una representación histórica de una vendedora de pan de especias, evocando los sabores y aromas de los productos artesanales. El aparador y la puerta de madera de la tienda “Au Miel des Pyrénées”, casa fundada en 1919, con un detallado cartel de sus productos: Miel Surfin, cera, hidromiel, dulces y pan de jengibre, nos recuerda que algunas de estas piezas pertenecieron a una colección única del museo de Saint-Faust que la familia Morlière ha adquirido para que no se pierdan en el olvido.

La Extracción de Miel


Ciudad de las Abejas en Génos
Varias generaciones de extractores de miel

Mientras que en el chalet de L’Extraction (La Extracción) se explica el proceso de obtención de la miel y pueden verse los utensilios utilizados antiguamente y cómo la apicultura moderna se consolidó en el siglo XIX con la invención de las colmenas de cuadros, que permiten extraer la miel sin sacrificar a las abejas, a diferencia de las colmenas tradicionales. La observación de las abejas y el desarrollo de técnicas de cría de la “mosca de la miel” se remontan a la Antigüedad, pero fue a partir del siglo XVIII cuando se produjeron avances decisivos. 

Ciudad de las Abejas en Génos
Prensa tradicional para opérculos, utilizada para extraer cera de los panales de manera artesanal

Tras ahumar la colmena para calmar a las abejas, el apicultor extrae los cuadros llenos de miel madura, cubiertos por finas láminas de cera llamadas opérculos. Con una ligera brocha se retiran las abejas, y los cuadros se colocan en un extractor centrifugo, que expulsa la miel hacia las paredes del aparato. Luego se filtra y se deja decantar de dos a ocho días antes de envasarla para el consumo o la venta. Los opérculos se conservan para obtener la cera más pura, fundiéndolos al sol en un clasificador para formar bloques de cera. 

Ciudad de las Abejas en Génos
Extractor de miel casero antiguo, fabricado en metal para separar la miel de los panales

Además de la miel y la cera, los apicultores han descubierto la importancia de la cosecha de polen, otro tesoro de la colmena que completa la riqueza de la producción apícola. El polen, recolectado por las abejas en las flores y transportado en sus patas posteriores en forma de pequeñas bolitas, constituye una fuente esencial de proteínas, vitaminas y minerales, tanto para la alimentación de la colonia como para el ser humano.

La Cera de Abeja 

Ciudad de las Abejas en Génos
Fabricante de velas trabajando artesanalmente con cera de abejas

El chalet de La Cire (La Cera) está dedicado a la cera y sus usos, especialmente para la elaboración de velas. Descubrimos que hasta finales del siglo XIX, la cera era el producto más codiciado de la apicultura. Producida por las glándulas cereras de las abejas, inicialmente blanca, se tornaba amarilla y finalmente marrón con el paso del tiempo. Por ello, se exponía la cera al sol sobre grandes telas para blanquearla, antes de destinarla a usos domésticos y litúrgicos. 

Ciudad de las Abejas en Génos
Molde de velas metálicos, usado para crear velas con cera pura

La cera servía principalmente para fabricar velas y cirios, empleando técnicas como la vela hilada o la vela a cucharilla. Este material estaba reservado a los hogares acomodados y a fines religiosos: en la liturgia católica simbolizaba la pureza del cuerpo de Cristo. Incluso se creía en la virginidad de las abejas, y numerosas representaciones de la Natividad las muestran volando alrededor de la Virgen. 

Ciudad de las Abejas en Génos
Argizaiola tradicional, vela de cera utilizada en ceremonias en el occidente pirenaico

En la tradición popular, las velas de cera tenían un papel divinatorio y ceremonial, apareciendo en momentos cruciales de la vida como nacimientos, bautismos o primeras comuniones. Su uso se mantuvo especialmente en el occidente pirenaico, donde la cera era considerada un puente entre lo cotidiano y lo sagrado. En las vitrinas pueden verse varios ejemplos de Argizaiola, una tablilla de madera sobre la que se enrollaba una larga mecha de cera que se mantenía encendida sobre las tumbas en las iglesias y que había visto referenciadas en Euskadi.

Las Colmenas de Paja 

Ciudad de las Abejas en Génos
Ruche de Corrèze, colmena tradicional francesa elaborada con paja y técnicas artesanales

La paja y el centeno fueron durante siglos materiales esenciales en la apicultura tradicional. En Les Ruches en Paille (Las Colmenas de Paja) se pueden ver colmenas confeccionadas con estos recursos humildes, como la Colmena de Sologne, las Colmenas Lombard, ligeras y portátiles, de forma cilíndrica u ovalada, y las Colmenas Corrèze, más robustas y protegidas con techos de paja de centeno, que protegía a la colonia del frío y la lluvia. 

Ciudad de las Abejas en Génos
Ruche Béarnaise, colmena campesina de paja y castaño, utilizada para consumo familiar

También destaca la Ruche Béarnaise, fabricada por los propios campesinos para el consumo familiar. Estaban formadas con un armazón de castaño trenzado con clemátide, una planta trepadora silvestre de tallos largos y flexibles, perfecta para trenzar. La colmena estaba recubierta con arcilla mezclada con estiércol de vaca, lo que proporcionaba aislamiento y resistencia frente a la humedad y los cambios de temperatura. 

Ciudad de las Abejas en Génos
Las colmenas de paja fueron el modelo más extendido en Europa gracias a su bajo coste

Estas colmenas de paja, de uso estrictamente doméstico, podían variar de simples cestas a construcciones más elaboradas y se destinaban sobre todo a obtener miel como endulzante natural y cera para uso doméstico. La apicultura de cada lugar está profundamente ligada a los recursos del entorno. En la Ciudad de las Abejas veremos la diversidad de colmenas dentro del territorio francés, pero también ejemplos de colmenas africanas.

Los Ahumadores 

Ciudad de las Abejas en Génos
Chalet temático dedicado a los ahumadores en la Ciudad de las Abejas

En Les Enfumoirs, descubrimos la historia de un invento clave en la apicultura moderna: el ahumador. Su creador, Moses Quindy (1810-1875), fue uno de los primeros apicultores modernos y contribuyó significativamente al conocimiento científico de las abejas. Gracias a su invención, un ahumador con fuelle que permitía manejar las colmenas con mayor seguridad, calmando a las abejas al enmascarar las feromonas que alertan a la colonia. 

Ciudad de las Abejas en Génos
Maniquí de apicultor con traje, máscara y un ahumador de fuelle, listo para manipular colmenas

Maurice nos explica, con pasión, los secretos de su oficio, por ejemplo, para poder tocar a las abejas sin riesgo, utilizan ahumadores donde queman hierba, un método que reemplaza los antiguos combustibles como estiércol, cartón o espinas de pino. “No se puede tocar una colmena sin humo. Para los apicultores es como llamar a la puerta de la colmena”, dice. Las abejas sienten el humo, se asustan porque creen que hay un incendio, y corren a alimentarse para poder escapar con alimentos para poder formar una nueva colmena. Debido a esto, su estómago o buche melario está tan lleno y están tan ocupadas, que impide que piquen. 

Ciudad de las Abejas en Génos
Colección de ahumadores de distintas épocas y estilos

Desde su concepción, el ahumador ha evolucionado mucho: en Marruecos se fabricaba con barro cocido, mientras que hoy combina hierro, madera y cuero, e integra un fuelle, una caldera y un pico. En la Ciudad de las Abejas se pueden ver varios modelos, incluidos los de Layens, Lombard o Fourmilier, que ilustran la diversidad regional de esta herramienta. Tras la visita del apicultor, las abejas ventilan vigorosamente la colmena para purificar el aire.

Las Colmenas Modernas 

Ciudad de las Abejas en Génos
Las colmenas modernas, con cuadros móviles, permiten extraer la miel sin destruir la colmena

También hay un chalet temático dedicado a la apicultura contemporánea es el de Les Ruches Modernes, donde descubrimos la colmena italiana Tonelli, un ejemplo de cómo la apicultura ha evolucionado hacia modelos más eficientes. Esta colmena se distingue por su limpieza automática del piso, gracias a la forma ojival de su gran marco que concentra el calor de la colmena. 

Ciudad de las Abejas en Génos
La apicultura contemporánea utiliza colmenas de madera o materiales sintéticos

Los marcos respetan parcialmente la forma natural de los panales construidos por las abejas, garantizando que la colonia pueda trabajar de manera orgánica dentro de un diseño moderno. Con el tiempo, la colmena Tonelli se ha adaptado para convertirse en una colmena divisible, sustituyendo el cuerpo principal por dos alzas, facilitando así la gestión y la expansión de la colonia sin perturbar a las abejas.

Tienda de productos de Ruchers Sainte-Marie


Miel Morlière en Génos
Exterior de la tienda de la familia Morlière, ubicada junto al Ecomuseo de la Ciudad de las Abejas

Finalmente, nos vamos a ver la zona de manipulación y envasado de miel de la empresa familiar “Ruchers Sainte-Marie” donde en esos momentos están desoperculando, es decir, retirando con un cuchillo la delgada lámina de cera con la que las abejas han cubierto y sellado las celdas del panal de miel. Tenemos la suerte de ver de cerca uno de esos paneles chorreando el sabroso néctar. 

Miel Ruchers Sainte-Marie
Miel de flores de los Pirineos y miel de tilo de Ruchers Sainte-Marie

En la tienda además de ofrecerte la posibilidad de hacer una cata de miel, podrás comprar todos los productos elaborados con miel y alguna de los catorce tipos de miel que te puedes llevar a casa. Entre las mieles, encontrarás la de azahar y acacia, la intensa de brezo y castaño, la fresca de primavera y la de romero, así como variedades más singulares como la de trigo sarraceno, tilo o girasol cremoso, sin olvidar la tradicional miel en panal. 

Productos de Ruchers Sainte-Marie
Productos de miel de Ruchers Sainte-Marie disponibles en la tienda de la Ciudad de las Abejas

Para quienes buscan combinaciones creativas, la familia Morlière elabora preparados con miel y limón, albaricoque, café, frambuesa o avellana. En la tienda también podrás adquirir una botella de delicada hidromiel o vinagre aromatizado, hasta los caramelos de miel y los pasteles elaborados con el néctar de los Pirineos. También se pueden encontrar polen, jalea real, propóleo, jabones en pastilla y velas de cera de abejas.

Más información: Le Musée La Cité des Abeilles. Dirección: 31510 Génos. Se recomienda reservar las visitas a través de su web o en el teléfono: +33 (0) 561 796 804. Horario: De marzo a junio, septiembre y octubre, martes, jueves y sábados de 14 a 18 h. En julio y agosto, de lunes a sábado de 14 a 18 h. Entrada: 7 €. Web: Le Musée La Cité des Abeilles

Toda la información generada durante mi escapada a la Ciudad de las Abejas puede consultarse a través de los hashtags #pyrenees31 y #TourismeHG.

Qué más ver cerca

Prolonga la experiencia adentrándote en una ruta de senderismo por los valles y cascadas que rodean Luchon. Desde paseos tranquilos hasta itinerarios más exigentes, estas rutas permiten recorrer paisajes de montaña, praderas salpicadas de flores silvestres y descubrir cascadas y lagos.

Ruta por Collioure: anchoas, vino y gastronomía catalana

Collioure
Vista de Collioure desde el mar, con el campanario de Notre-Dame-des-Anges dominando el paisaje

Collioure huele a mar, a viñedos soleados y a cocina mediterránea. En sus calles estrechas pavimentadas de guijarros se descubren historias centenarias, como la tradición de las anchoas que ha dado fama a la villa y que aún perdura gracias a Anchois Roque, o el vino que madura entre terrazas mirando al mar y que acabará religiosamente en el Cellier Le Dominicain. 

Collioure
La gastronomía de Collioure refleja la creatividad de los nuevos chefs

Hoy, la gastronomía local combina la herencia catalana con nuevas propuestas que sorprenden al paladar: desde los sabores renovados del restaurante La Mamma, hasta la cocina catalana del Restaurant Le Jardin de Collioure. Esta ruta por Collioure es apta para cualquier amante de la buena cocina y los vinos de calidad, acabando con un merecido descanso en la refinada quietud de La Casa Païral.

Anchois Roque: 150 años de tradición con un pequeño pez azul


Collioure
Las barcas catalanas salían de noche iluminadas por lámparas para faenar

En Collioure, la anchoa es un símbolo cultural heredado de hace siglos, cuando este puerto catalán contaba con una intensa actividad pesquera con cerca de 200 barcas. Junto a la viña, la pesca sustentó a la población durante siglos. Hoy, de aquella flota de “barcas catalanas” apenas quedan unas pocas embarcaciones, más como símbolo que como herramienta de trabajo. 

Collioure
Anuncio de Anchois Roque en Rue de la Démocratie

Anchois Roque fue fundada en 1870 por Alphonse Roque, el tatarabuelo del actual propietario, que fabricaba barriles de madera para la salazón de pescado. La empresa ha pasado por cinco generaciones y sigue siendo 100 % familiar: hijos, sobrinos, hermanos y cuñados trabajan codo con codo con Florent Roque, que nos recibe amablemente en una visita-degustación en el taller. En 2020, Anchois Roque celebró su 150 aniversario recibiendo el prestigioso sello estatal “Entreprise du Patrimoine Vivant”, que distingue la excelencia artesanal francesa.

Cómo se elaboran las anchoas y boquerones

Collioure
Miembros de la familia Roque en el taller de elaboración de anchoas (c. 1950)

Históricamente, la salazón fue el método de conservación por excelencia, no solo de la anchoa, sino también de las sardinas y el atún. La producción en Anchois Roque mantiene el método artesanal de antaño: filetes enteros, sin centrifugado, secados y madurados lentamente a baja temperatura para desarrollar aroma y consistencia. Aquí se descarta la maduración rápida y salada que se practica en otros países como Marruecos. 

Collioure
La tradición y el saber hacer siguen intactos en Anchois Roque

El proceso sigue siendo manual y minucioso: tras seis meses de maduración en sal, a baja temperatura (8 °C), las anchoas pasan por las manos expertas de las fileteadoras, en un proceso artesanal donde los filetes se limpian, se secan con papel absorbente y se envasan en aceite de girasol u otro aceite neutro, como el de colza, para no alterar su sabor. Bien conservadas a menos de 15 °C, mantienen mejor su aroma y textura hasta 18 meses. Cada año se procesan unas 200 toneladas de pescado fresco para obtener menos de 100 toneladas de producto final.

Collioure
Degustación de boquerones en Anchois Roque

La destreza de las anchoieuses, que trabajan a mano desde el salado hasta el envasado, se mantiene intacta en la Maison Roque, la salazón más antigua de Francia aún en activo. Una sobadora de anchoas puede elaborar ocho kilos de filetes en cuatro horas. El boquerón, de sabor más suave y fresco, se prepara de forma muy distinta a la anchoa: el filete fresco de boquerón se marina una noche en vinagre y aceite. Se debe conservar a menos de 4 °C y consumirse en un plazo de 56 meses.

Los retos actuales y la IGP


Collioure
Gran parte de la materia prima procede de las costas atlánticas

El principal reto ahora mismo es la materia prima. Desde los años 2000, la escasez de anchoa en el Mediterráneo por la falta de fitoplancton nutritivo, da lugar además a ejemplares adultos más pequeños. Lo que obliga a importar desde hace 20 años parte de las anchoas del Cantábrico, Portugal y, puntualmente, de Argentina, aunque siempre procesando el pescado en Collioure. En 2003 se reconoció la IGP “Anchois de Collioure”, pero las normas han quedado desfasadas. Requisitos como la maduración a 25 °C chocan con la legislación sanitaria francesa, haciendo inviable la certificación

Collioure
Taller de salazón de anchoa en la primera mitad del siglo XX

A mediados del siglo XX Collioure contaba con una treintena de salazoneras que empleaban a unas 2.000 personas; hoy en Collioure solo quedan dos que mantienen viva esta tradición más que centenaria de la salazón de anchoa, Anchois Desclaux y Anchois Roque, ambas en lucha por adaptar la denominación a la realidad actual. Su producción se destina casi en exclusiva al mercado francés, mientras que en Catalunya la anchoa de L’Escala, muy similar en sabor y tradición, domina el mercado local.

El presente de Anchois Roque 

Anchois Roque
Pequeños caprichos de la tienda de Anchois Roque que nos llevamos a casa

En la tienda de Anchois Roque, verdadero templo del sabor marinero de Collioure, se despliega una amplia gama de productos que van desde las conservas de pescado —anchoas a la sal, filetes en aceite, boquerones en vinagre, cremas untuosas como la anchoïade y aceitunas rellenas— hasta especialidades regionales como la tapenade o el corail d’oursin (huevas de erizo). A ello se suma una cuidada selección de productos de la tierra: vinos, aceite de oliva y el célebre vinagre de Banyuls

Anchois Roque
Colocando las anchoas sobre papel absorbente, paso clave de su elaboración artesanal

Justo encima de esta auténtica despensa gourmet se encuentra el taller pedagógico donde los visitantes pueden ver de cerca el arte de la elaboración de la anchoa, mientras escuchan las historias y secretos de este pequeño tesoro azul. Por desgracia, la demanda ha convertido a la anchoa en un producto casi de lujo, aunque en Roque defienden que debe seguir siendo popular: un placer para ocasiones especiales, pero accesible.

La Anchoa de Collioure


Anchois Roque
Anchoa de Collioure, curada artesanalmente según una tradición centenaria

En la mesa, las anchoas son protagonistas de la gastronomía catalana: en tapas, sobre pan tostado o acompañadas de vinos locales como el Collioure o el Banyuls. Más que un simple producto, las anchoas son un pedazo de historia de aquí, que los viajeros pueden llevarse en un tarro, con el sabor intenso y la paciencia de una tradición centenaria. Aunque Collioure es célebre por su luz y su historia milenaria, fue un pez mucho más modesto, la anchoa mediterránea, el que le dio prosperidad.

Anchois Roque
La Salade de Collioure

Durante siglos, las barcas catalanas faenaron de noche, y a finales del siglo XIX y principios del XX, la salazón de este pescado se convirtió en una verdadera industria que puso a Collioure en el mapa gastronómico. Maison Roque recomiendan degustar La Salade de Collioureanchoas acompañadas de pimiento rojo escalivado, huevo duro y aliñarlo con un buen aceite de oliva, ajo, perejil y un poco de vinagre de Banyuls, una combinación que suaviza la salinidad y realza los matices de las anchoas.

Más información: Anchois Roque. Dirección: 17 Route d’Argelès, 66190 Collioure. Teléfono: + 33 (0) 468 820 499. Horario de las visitas y degustaciones gratuitas: De lunes a viernes de 8:15 a 11:45 y de 14:05 a 16:45 h. Web: Anchois Roque

Restaurante La Mamma


Restaurante La Mamma
Pescado del día con espárragos verdes y rebozuelos

En Collioure, el restaurante La Mamma ha cambiado de chef y la transformación en sus platos ha sido radical. Adiós a la gastronomía italiana y hola a la filosofía locavore: cocinar con productos de proximidad, frescos y de temporada, apoyando a productores locales y reduciendo al mínimo la huella ecológica

Collioure
Magnífica vista de Collioure desde el restaurante La Mamma

La Mamma se ha convertido en un templo gastronómico con sus terrazas abiertas al Mediterráneo y a la mejor panorámica de Collioure, donde ahora comer bien y sorprenderte será casi un ritual al alcance de todos los paladares. Al frente, el chef Florian Rossignol crea platos que celebran el producto catalán más fresco, combinando toques de mar y montaña con combinaciones creativas espectaculares. 

Restaurante La Mamma
Albóndigas de cordero con calamar rojo y guisantes

La carta cambia con frecuencia, siempre fiel a la estacionalidad y al sabor auténtico de los productos. La experiencia se completa con una bodega que, apuesta por vinos de pequeños productores de la Catalunya Nord y Sud, además de un bar que sirve cócteles clásicos y creaciones exclusivas inspiradas en ingredientes locales. 

Restaurante La Mamma
Anchoas de la casa marinadas con vermut

Entre los platos que pudimos degustar, se llevaron las mejores críticas las anchoas de la casa marinadas con vermut (14 €), los delicados buñuelos de pescado con mayonesa de miso y salsa verde (15 €), el sorprendente pulpo de Ardeles con sobrasada y albaricoques (21 €), el atún rojo con agua de zanahoria y pimienta de Sichuan que aporta ese toque cítrico, floral y cosquilleo característico (19 €). 

Restaurante La Mamma
Raviolis de langosta en caldo de carcasas con albahaca tailandesa

En mi caso, me decanté por unos deliciosos raviolis de langosta en caldo de carcasas con albahaca tailandesa (24 €). Las explosivas combinaciones siguieron también en los segundos platos con combinaciones tan audaces como albóndigas de cordero con calamar rojo y guisantes (34 €), o pescado del día con espárragos verdes y rebozuelos (35 €). 

Restaurante La Mamma
Helado de frambuesas con stracciatella catalana y gaufrette de vainilla

Para el final, postres que reinterpretan la tradición catalana, como la crema catalana con fresas y Byrrh (13 €)os dejo un enlace por si no conocéis este aperitivo francés creado en 1866 en Thuir, helado de frambuesas con stracciatella catalana y gaufrette de vainilla (13 €), la mezcla golosa del chocolate con praliné de cacahuetes y hierbas marinas (14 €) o el queso del día (12 €).

Más información: La Mamma Restaurant. Dirección: 15 Route de Port-Vendres, 66190 Collioure. Teléfono: + 33 (0) 411 300 755. Web: La Mamma

El convento de los dominicos frente al mar 

Collioure
Grabado de 1668 con el convento de los dominicos a la derecha de St. Elme

A finales del siglo XIII, Collioure vivía un momento de esplendor: la pesca, la agricultura y el comercio marítimo convertían la villa en un lugar próspero y diverso. En este contexto, el joven reino de Mallorca favoreció la fundación de un convento de frailes dominicos. En 1290, se concedieron los permisos para la instalación de la orden en Collioure, gracias a la donación de una casa y terrenos en el barrio del Port d’Avall por parte de Guillaume Puig d’Orfila, allegado del rey Jaime II

Collioure
Convento de los dominicos, con la letra K, en el plano de Collioure de Pontault de Beaulieu (c. 1668)

El Convento de los Dominicos se levantó fuera de las murallas, al pie de la montaña, donde convergen dos riachuelos, y muy cerca del Mediterráneo. Los planos del siglo XVII muestran una iglesia con campanario y un edificio cuadrangular adyacente que probablemente fue su claustro. Alrededor de la iglesia se extendían las dependencias conventuales, delimitadas por un muro de cierre que protegía la vida monástica. La primera comunidad estuvo formada por catorce frailes y dos conversos.

La iglesia de los dominicos 

Collioure
La iglesia de los dominicos de Collioure fue levantada a orillas del Mediterráneo

La iglesia de los dominicos de Collioure, construida entre finales del siglo XIII y comienzos del XIV, nació como parte de este ambicioso conjunto monástico que miraba al mar. Aunque su estado original se ha perdido, aún conserva huellas de su grandeza medieval. Su cabecera, orientada de forma poco común hacia el sur, se reduce hoy a un muro de mampostería. En su origen contaba con dos portales en mármol blanco de Céret, reconocible por sus vetas grises.

Collioure
Cabeza sobre el arco apuntado del portal principal de la iglesia dominica

El portal principal, al norte, orientado hacia el corazón de la villa, fue tallado hacia la primera mitad del siglo XIV. De arco apuntado y doble arquería, mantiene una decoración discreta: una moldura sencilla recorre el intradós y descansa sobre ménsulas esculpidas con hojas estilizadas. Aunque su deterioro impide identificarlo con precisión, sobre el arco, se ve un rostro masculino añadido en el siglo XVIII. El contraste entre el mármol blanco y los muros de esquisto oscurecidos por el tiempo realza la fuerza visual de esta entrada gótica

Collioure
Nichos funerarios junto a la entrada principal de la iglesia de los dominicos

El otro más pequeño situado al oeste, está ubicado entre dos contrafuertes, que comunicaba directamente con el claustro. Junto al portal se abren dos nichos funerarios de arco apuntado, tallados en mármol de Baixas, un material de tonos azulados. Estos nichos conservan escudos heráldicos de las familias que aquí fueron enterradas, entre ellos blasones ondulados y cruces flordelisadas. Algunos investigadores han identificado en ellos posibles referencias a linajes locales como los Ribes, Ribera o Aulomar, mencionados en documentos del siglo XIII y XIV. 

Collioure
Los jacobinos durante la Revolución Francesa se instalaron en el convento de los dominicos

Otros escudos muestran símbolos vinculados a apellidos de la región, como un búho (òliba) o un árbol, alusiones que remiten a nombres comunes en la época: encina (alzina), alcornoque (garric) u olmo (om). Documentos del siglo XVII relatan cómo sus capillas se enlucían o cómo algunas se transformaban en almacenes de harina o depósitos militares a principios del siglo XVIII.  

Collioure
Claustro del antiguo convento dominico, hoy testimonio de un pasado desaparecido

La primera mención conocida del alquiler de locales en el recinto del convento data de esa época, parte del convento de los dominicos fue alquilado al ejército francés para albergar carruajes de artillería (1702-1704), y también para almacenar madera y otros materiales, e incluso se instaló una forja (1717). Con la Revolución Francesa llegó la desamortización. Después de cinco siglos al servicio de la religión, la iglesia fue desconsagrada y utilizada como almacén, mientras el convento se desintegraba en ventas en lotes a particulares y derribos. 

Collioure
Galería del antiguo convento de los dominicos en el Museo de Arte Moderno de Collioure

La transformación definitiva llegó en 1926, cuando la antigua iglesia fue subastada y adquirida por los viticultores de Collioure para instalar la cooperativa que hoy conocemos como Cellier Le Dominicain. Algunos restos del claustro, formado por cuatro galerías de arcos apuntados sobre columnas finas, también sobrevivieron a las vicisitudes del tiempo: dos fueron destruidas tras la Revolución Francesa, otra saqueada por traficantes de arte sin escrúpulos. 

Anuncio antiguo
Anuncio en Le Figaro del 19 de agosto de 1952 de la subasta del claustro en el Château Brindos

La cuarta galería acabó arrancada piedra a piedra y vendida en 1931 a un acaudalado inglés, Reginald Wright, quien deseaba añadir algunas piezas antiguas a su flamante propiedad en el lago Brindos, en Anglet, cerca de Biarritz. No fue hasta 1995 que esta última galería regresó a Collioure, donde fue reconstruida en los jardines del Museo de Arte Moderno en 1998. Otros restos como ménsulas, arcos y portales de mármol quedaron ocultos en viviendas y edificios levantados sobre el solar del convento.

La nave 

Collioure
Arcos transversales y cubierta de madera en la nave de la iglesia de los dominicos

La nave de la iglesia dominica de Collioure, de una sola planta, impresionaba por sus dimensiones: unos 43 metros de longitud y cerca de 20 metros de altura, que, sumados al ábside, posiblemente poligonal, alcanzaban casi 50 metros. Las capillas laterales, abiertas entre los contrafuertes, siguen un modelo habitual en las órdenes mendicantes desde el siglo XIII, donde cofradías o familias encargaban pequeños espacios privados de oración. 

Collioure
La tienda del Cellier Le Dominicain está situada en una de las capillas de la iglesia de los dominicos

Se han conservado cinco capillas (dos al este y tres al oeste), aunque se cree que pudieron existir algunas más de distintos tamaños. Este diseño, con una nave única, capillas laterales y un ábside del que hoy apenas queda el arco triunfal, inscribe a la iglesia de los dominicos en el contexto del gótico meridional. Con el paso del tiempo, el interior sufrió transformaciones radicales. La más evidente fue la instalación de dos niveles para almacenar las cubas y barricas de la cooperativa vinícola. 

Cellier Le Dominicain
Decoración escultórica de las ménsulas de las antiguas capillas

El volumen único de la nave desapareció, pero aún hoy, desde la galería superior, es posible distinguir los arcos de crucería, los canecillos esculpidos de las capillas laterales y la techumbre de madera. En las vigas más cercanas al antiguo coro sobrevive incluso una delicada decoración pintada: flores de ocho pétalos inscritas en círculos alternan con las armas heráldicas de Collioure —un castillo de tres torres—, restos de la policromía original del edificio. 

Cellier Le Dominicain
Ventana y clave de bóveda de la antigua iglesia

La decoración escultórica de la iglesia de los dominicos de Collioure es sobria, casi discreta, en consonancia con el ideal mendicante: las ménsulas son tipo cul-de-lampe (consola saliente en voladizo), mientras que algunas claves de bóveda conservan motivos vegetales, como las hojas de roble dispuestas en roseta, o escudos lisos que habrían estado pintados. En bases e impostas aparecen relieves de cabezas humanas, ornamentos vegetales y escudos.

Cellier Le Dominicain
Ornamentos vegetales que recuerdan tréboles de tres hojas

Si nos fijamos en los rostros femeninos llevan velo, a veces acompañado de cofia con cinta o birrete, sujetado con un tocado típico de damas nobles y burguesas entre finales del siglo XII y el XIV llamado barbette: una tira de tela que pasaba bajo el mentón y sujetaba el tocado o velo femenino. 

Collioure
Ménsula de la primera capilla oriental, hoy en la recepción del Cellier Le Dominicain

Los rostros masculinos llevan media melena, de puntas rizadas o lisas, en corte degradado propio hacia 1300. Aunque de modelado simple, los rostros —con ojos saltones, narices anchas y bocas apenas perfiladas— revelan diferencias de estilo que permiten reconocer al menos tres autores distintos, activos entre finales del XIII y la primera mitad del XIV.

El Cellier Le Dominicain: de convento a bodega cooperativa


Cellier Le Dominicain
Entrada al Cellier Le Dominicain

Desde 1926, la antigua iglesia dominica de Collioure se convirtió en la cooperativa vinícola del pueblo. Así nació el Cellier Le Dominicain, nombre que rinde homenaje a los frailes que levantaron este espacio monumental, hoy animado por el esfuerzo de unos 130 viticultores. Dicen que es la bodega más bella de la Costa Bermeja y razón no les falta. Aunque el interior fue completamente transformado para adaptarlo a las necesidades de la bodega: se levantaron cubas de cemento, se añadió un segundo piso y se instalaron prensas y depósitos de acero y plexiglás, hay cierto aire espiritual conservado entre estas paredes. 

Collioure
En la antigua iglesia de los dominicos, reposan las barricas del Cellier Le Dominicain

Aquí nacen dos denominaciones de origen únicas: Banyuls, célebre vino dulce natural con denominación reconocida en 1934 (aunque su tradición es mucho más antigua), y Collioure, con tintos (1971), rosados y blancos, elaborados en suelos de esquisto que otorgan mineralidad y carácter. El Banyuls se obtiene gracias a la técnica de la mutación, descubierta en la Edad Media por Arnau de Vilanova: durante la fermentación se añade alcohol vínico neutro, interrumpiendo el proceso y conservando el azúcar natural de la uva. 

Collioure
Antigua postal del viñedo de Collioure donde se menciona la bodega Veuve Jh. Banyuls

La garnacha —en sus variantes tinta, blanca y gris— domina el 70 % de la producción, acompañada por variedades como syrah, monastrell o vermentino. En total, los socios cultivan unas 140 hectáreas en terrazas de esquisto que descienden abruptamente hacia el mar. El trabajo es duro y artesanal: las laderas escarpadas impiden la mecanización, de modo que la vendimia se hace a mano, racimo a racimo, cargando las cestas a hombros entre terrazas asomadas al Mediterráneo. 

Cellier Le Dominicain
Herramientas tradicionales de la vendimia en el pequeño museo del Cellier Le Dominicain

La cooperativa mantiene un espíritu colectivo a pesar de que tres o cuatro viticultores concentran el 60% de la producción. “Aquí todos remamos en la misma dirección”, dicen con orgullo, incluso en tiempos difíciles. La sequía, que desde hace cuatro años castiga la región, ha reducido drásticamente los rendimientos: de los 40 hectolitros por hectárea que exige el reglamento de la denominación de origen, apenas se alcanzan entre 10 y 15. 

Collioure
Antigua prensa de uva, testigo del trabajo artesanal en la bodega

Durante nuestra visita al Cellier Le Dominicain, pudimos descubrir de primera mano cómo se trabaja la uva que llega de los viticultores, muchos de ellos propietarios de pequeñas parcelas heredadas de sus abuelos o abuelas. Cada día se dedica a una variedad distinta: un lunes puede entrar la garnacha, el martes la syrah, el miércoles el monastrell… Todo se registra con precisión en un cuaderno. La vendimia se pesa, se mide el grado de azúcar y, desde allí, la uva se envía por largas mangueras hasta la prensa, situada al fondo de la bodega. 

Cellier Le Dominicain
Barricas de Cru de Banyuls en el Cellier Le Dominicain

Tras eliminar impurezas como raspones, hojas o pepitas, la uva pasa directamente a la cuba, según el tipo de vino que se vaya a elaborar. En el caso de los tintos, el grano se fermenta entero con su piel: es el contacto de la pulpa blanca con la piel lo que aporta color y taninos, un proceso conocido como maceración pelicular. Así, un rosado no es más que un vino tinto al que se le retira la piel poco después, para que no adquiera demasiado color. 

Collioure
Bóvedas ennegrecidas por los vapores del vino: la “parte de los ángeles”

Descubrimos bajo las bóvedas ennegrecidas por los vapores del vino —la llamada “parte de los ángeles”—. Aquí reposan barricas donde algunos Banyuls y Collioure maduran pacientemente. En algunas de ellas se conserva un vino viejo que sirve de base para el Banyuls Hors d’Âge. Cada vez que se embotella, se extrae un 20 % de esa mezcla y se completa con vinos más jóvenes, siguiendo el sistema de solera. El resultado es un vino sin edad, complejo y profundo, considerado un auténtico postre.

Collioure
Aquí se crían los Banyuls ambré, cargados de historia y paciencia

Mientras, al otro lado, las damajuanas de cristal reposan bajo el sol para criar los Banyuls ambré, vinos blancos que tras tres años de oxidación natural se convierten en líquidos de ámbar brillante. Los visitantes españoles, al saborear un Banyuls, suelen decir entre risas “¡Se parece al vino de misa!”. Quizá —bromeamos en la bodega— el espíritu de los dominicos siga elaborando vino... y luego cada uno celebrará su misa en casa.

Cata de vinos en el Cellier Le Dominicain


Cellier Le Dominicain
Edición especial de botellas del Cellier Le Dominicain

Entre muros cargados de siglos, donde aún se adivina la pureza de la arquitectura gótica, se elaboran los vinos de Collioure y los vinos dulces Banyuls que perpetúan la tradición vinícola de esta tierra. Así damos inicio a la cata de vinos en el Cellier Le Dominicain:

Le Dominicain Padreils Collioure 

Vendimia
Imagen antigua de la vendimia cerca de Collioure

Comenzamos la cata con Le Dominicain Padreils Collioure 2023, un blanco con denominación de origen protegida que lleva el nombre de un paraje natural de Collioure donde se cultivan sus viñas. En estas terrazas de esquisto, abiertas entre el mar y la montaña, maduran las variedades que componen este cuvée Collioure Blanc: 60 % garnacha blanca, 20 % garnacha gris, 15 % vermentino (también llamada "Rolle") y un toque de 5 % de roussanne.

Padreils
Le Dominicain Padreils Collioure es perfecto para acompañar el aperitivo, pescados o mariscos

El vino nace de vendimia manual y se cría en cubas de cemento hasta su embotellado en marzo. El resultado es un vino blanco de color dorado, con un aroma sutil a flores blancas y cítricos que se prolonga en boca con frescura, equilibrio y una nota mineral ligeramente avainillada. Perfecto para un aperitivo, revela toda su armonía con pescados a la plancha o marisco fresco. Además, sorprende por su excelente relación calidad-precio: 12 € en bodega.

Le Dominicain Saint Dominique Collioure


Santo Domingo
Representación de Santo Domingo por Lucas van Leyden (1512-1516)

El segundo vino de la cata nos conecta directamente con la historia del lugar: Le Dominicain Saint Dominique Collioure, un tinto que rinde homenaje a Santo Domingo de Guzmán (1170-1221), fundador de la orden dominica en 1216. Se trata de un coupage de 70 % syrah y 30 % garnacha negra, criado durante 12 meses en barricas de roble nuevas. A la vista muestra un profundo color granate con reflejos casi negros.

Vino Saint Dominique
Le Dominicain Saint Dominique Collioure es ideal para acompañar platos de carne

En nariz, Saint Dominique despliega una intensidad marcada de grosella negra, cacao y un delicado toque de vainilla. En boca es amplio y sedoso, con un equilibrio perfecto entre la madera y la fruta roja madura, que se prolonga en una final elegante y delicioso. Un tinto de alta gama, ideal para acompañar un magret de pato o un buen filete de buey, que refleja la unión entre tradición e innovación de la bodega. Disponible en la cooperativa a 26 € la botella.

Le Dominicain René Perrot Banyuls blanc 

René Perrot
René Perrot (1958)

El tercer vino de la cata nos lleva al universo de los vinos dulces naturales con Le Dominicain René Perrot Banyuls blanc (AOP Banyuls 2023). Su etiqueta rinde homenaje al artista René Perrot (1912-1979), pintor y ceramista francés que descubrió Collioure en 1945 y que plasmó en 1954 una imagen inusual del pueblo cubierto de nieve. La cooperativa perpetúa así su colección dedicada a los pintores que vivieron en Collioure y se dejaron inspirar por la luz mediterránea.

Vino Banyuls blanco
Le Dominicain René Perrot Banyuls se recomienda servir frío

Elaborado con 60 % de garnacha blanca y 40 % de garnacha gris, este Banyuls blanco ofrece una brillante tonalidad amarillo pajizo y aromas intensos de cítricos y miel de acacia. En boca es delicado y sedoso, con la dulzura justa para acompañar servido frío, desde el aperitivo, un foie gras o un queso de cabra o un queso de oveja, hasta postres como una crema catalana, sorbete de mandarina o tarta de manzana, pera o melocotón. Un vino dulce con carácter propio, que se encuentra en la cooperativa a 14,50 € la botella.

Le Dominicain. Saint Vicent Ferrier


San Vicente Ferrer
Representación de San Vicente Ferrer (S. XVIII)

El cuarto vino que probamos fue Le Dominicain Saint Vincent Ferrier Banyuls Ambré (AOP Banyuls 2020). Su nombre rinde homenaje a Vicente Ferrer (1350-1419), célebre dominico conocido por sus predicaciones públicas. Este Banyuls ambré, elaborado con 70 % garnacha blanca y 30 % garnacha gris, se distingue por su peculiar crianza: la mitad del vino envejece en barricas de roble, mientras que la otra lo hace en damajuanas de cristal expuestas al sol durante tres años.

Vino Saint Vincent Ferrier
Le Dominicain Saint Vincent Ferrier Banyuls Ambré notas de naranja y frutos secos

El contacto con los rayos UV da como resultado un vino de color ámbar brillante con reflejos dorados, elegante en boca con aromas frutales en brandy y un final con un toque de naranja confitada, sorprendentemente versátil. Puede servirse a 12-14 °C y marida perfectamente con un queso de cabra sobre tostada caliente, un foie gras o la clásica tarta tatin. Su precio en bodega: 17 €.

Le Dominicain. Cuvée Augustin Hanicotte


Augustin Hanicotte
Augustin Hanicotte, artista que inmortalizó la luz y el paisaje de Collioure

El quinto y último vino de la cata fue Le Dominicain Cuvée Augustin Hanicotte Banyuls Hors d’Âge (AOP Banyuls), un vino viejo y de carácter único. Su nombre rinde homenaje al pintor Augustin Hanicotte (1870-1957), gran amante de Collioure, cuyas obras también ilustran las etiquetas de esta colección dedicada a los artistas. El guiño se completa con las iniciales AH (Augustin Hanicotte) y HA (Hors d’Âge).

Trijntje Spaander
Trijntje Spaander, esposa de August Hanicotte, en Collioure

Elaborado con 70 % garnacha negra, 20 % garnacha gris y 10 % cariñena, es la máxima expresión de la paciencia y la tradición. Este Hors d’Âge (sin edad) no está ligado a una añada concreta: se alimenta de una base de vinos de más de 40 años, conservados en viejas barricas de crianza antiguas de roble húngaro que jamás se vacían, a la que se van añadiendo vinos más jóvenes ya criados. El resultado es un Banyuls de profunda complejidad, envejecido durante al menos 5 años. Su color es un oscuro color rojo teja, color café.

Cuvée Augustin Hanicotte Banyuls Hors d’Âge
Le Dominicain Cuvée Augustin Hanicotte Banyuls Hors d’Âge

En nariz es intenso y rico en notas de frutos secos, higos, tabaco rubio y moka. En boca es untuoso y generoso, con recuerdos de higo, combinados con ciruela pasa y cacao que lo hacen inolvidable. Servido entre 12 y 14 °C, resulta un compañero ideal para postres de cacao o moka, pero también puede disfrutarse solo, lentamente, como vino de meditación… o incluso junto a un buen libro. Su precio en bodega: 25,5 €.

Más información: Cellier Le Dominicain. Dirección: Place Orphila, 66190 Collioure. Teléfono: +33 (0) 468 820 563. Horario: De abril a septiembre, de lunes a sábado, de 9 a 12:30 h y de 13:30 a 18:45 h. Domingo, de 10 a 13 h y de 15 a 18:45. De octubre a marzo, de lunes a sábado, de 9 a 12 h y de 13:30 a 18 h. Cerrado los domingos. Visitas guiadas todo el año bajo reserva previa. Web: Cellier Le Dominicain

Restaurante Le Jardin de Collioure


Collioure
Huellas del convento dominico, visibles en el jardín de Le Jardin de Collioure

Donde antaño se alzaba parte del monasterio de los dominicos, hoy se encuentra el restaurante Le Jardin de Collioure. Son especialistas en caracoles y parrilladas, tanto de pescado como de carne. El restaurante cuenta con un espacioso jardín, un entorno singular donde verás una serie de esculturas. Pero quizás lo que más impresionan son los vestigios del antiguo convento del siglo XIII, que incluyen además de los muros de piedra, varios arcos apuntados originales 

Le Jardin de Collioure
Tapenade (olivada) de aceitunas negras de Le Jardin de Collioure

La carta es amplia y tentadora, con mariscos recién traídos del mar y recetas que rescatan los productos locales y también platos de la gastronomía catalana. No hace falta decir que la bodega de vinos del restaurante Le Jardin de Collioure cuenta con las variedades de Cellier Le Dominicain, a los que nos tiramos de cabeza.

Le Jardin de Collioure
Assiette de Collioure con ensalada, anchoas, pimiento y berenjena escalivados y huevo duro

Nuestra elección para los primeros platos comienza con la Assiette de Collioure (14,5 €), que se compone de ensalada verde acompañada de anchoas en vinagre, huevo duro, pimiento rojo y berenjena escalibada, acompañada por una tapenade de aceitunas negras, elaborada con alcaparras y anchoas, un guiño a la tradición provenzal que se ha integrado en la cocina catalana de los Pirineos Orientales.

Collioure
Mejillones gratinados al vino viejo de Banyuls

Le siguieron unos mejillones gratinados al vino viejo de Banyuls (14 €), una receta cargada de carácter que refleja el vínculo entre el mar y los viñedos de la región. El festín continuó con diez gambas rojas a la plancha (22 €), sencillas pero irresistibles, preparadas únicamente con aceite de oliva y flor de sal.

Restaurante Le Jardin de Collioure
Gambas rojas a la plancha, al aceite de oliva y a la flor de sal

Entre los platos que forman parte de las especialidades de Le Jardin de Collioure, podemos degustar una zarzuela de la casa (35 €), una mariscada real flambeada al Armagnac con gambas, calamares, navajas, mejillones, almejas y centollo (35 €) o la tradicional Cargolade de 30 o caracoles a la brasa (22-30 €).

Le Jardin de Collioure
Lasaña de dorada royal con colmenillas

Como plato principal me decanté por una lasaña de dorada royal con colmenillas (28 €). Las colmenillas (en francés morilles) son setas muy apreciadas en la gastronomía, aunque no son tan conocidas como los champiñones o los boletus. Su sabor intenso aporta un toque de sofisticación que realza la receta.

Collioure Restaurante
Milhojas con frambuesas

La carta de postres ofrece una amplia selección que va desde helados servidos en copa (10 €), hasta recetas tradicionales catalanas como la crema catalana (8,5 €) o un profiterol gigante (10 €). Entre tanta tentación, me decidí por un delicado milhojas con frambuesas (8,5 €), un postre delicado donde las capas crujientes de hojaldre se combinan con la frescura ácida de la fruta roja.

Collioure
Flambeando una crêpe suzette con Grand Marnier

La icónica, Crêpe Suzette flambeada al Grand Marnier (12,5 €), un postre clásico de la gastronomía francesa, preparado ante nuestros ojos con un ritual que nunca pasa de moda. Una fina crêpe bañada en una salsa a base de mantequilla, azúcar, zumo de naranja y Grand Marnier (licor de naranja), que sorprende cuando se flambea en el momento de servir.

Más información: Le Jardin de Collioure. Dirección: 4 Route de Port-Vendres, 66190 Collioure. Teléfono: + 33 (0) 468 951 252. Horario: Abierto diariamente de 9 a 22 h. Disponen de un pequeño aparcamiento privado. Web: Le Jardin de Collioure

La Casa Païral


La Casa Païral
La Casa Païral: de hogar familiar a refugio con encanto

En nuestro viaje a Collioure nos alojamos en el Hotel Casa Païral (en referencia a la casa familiar catalana heredada por el primogénito varón de la familia, donde antiguamente vivían tres o cuatro generaciones de la misma familia en la misma casa), construida hacia 1870 por M. Espériquette, un catalán que tenía un saladero de anchoas y estaba enamorado del pueblo. 

La Casa Païral Collioure
Postal antigua de la Casa Païral

De hecho, venía a pasar aquí los veranos con su familia y en la habitación número 3 nacieron sus hijos. Conocida entonces como “el château”, fue la primera vivienda de Collioure con tejado de zinc. Aislada del bullicio, ya entonces su jardín y el gran magnolio ofrecían un refugio íntimo y silencioso. 

Hotel Collioure
Mi habitación en la Casa Païral

Convertida primero en pensión y, más tarde, en hotel, la propiedad fue adquirida en 1970 por Guy Lormand. Fue él quien, junto a amigos y a sus propios hijos, excavó a mano la piscina que hoy se esconde en el patio, inaccesible a las máquinas. La mansión se transformó en un hotel con 27 habitaciones, dos de ellas suites, situadas en el espacio donde antaño la familia Espériquette tendía la ropa. 

La Casa Païral
Salón de lectura de la Casa Païral: lámparas de época y cómodos sillones que invitan a soñar

Nada, o casi nada, ha cambiado en 155 años. El nombre, Casa Païral, resume bien su espíritu: no es tanto un hotel como una casa familiar que parece detenida en el tiempo. Los muebles de los años 30 y 40, la llamada “chambre de grand-mère” con su decoración pulida y acogedora, el gran salón de lectura con lámparas de los años 30 y cómodos sillones, invitan a una hospitalidad de otra época. 

Collioure
Magnolio centenario de la Casa Païral, emblema del jardín y su historia

Aquí se respira un aire de casa de huéspedes, que recuerda con cariño a la casa de la abuela cuando la visitábamos de pequeños. El auténtico corazón de la Casa Païral late en su jardín. Desde la escalera adornada con azulejos de peces y flores, se desciende hacia un magnolio de 120 años, árbol tutelar del lugar, tantas veces pintado o descrito por los huéspedes que se ha convertido en emblema vivo del hotel. 

La Casa Païral
Fachada cubierta de jazmín estrellado en el segundo edificio de la Casa Païral

Bajo su sombra se mezclan margaritas, hortensias, jazmines y glicinas centenarias, componiendo un auténtico oasis escondido en pleno centro de Collioure, a dos pasos del puerto y del castillo real. También destaca una impresionante pared verde de jazmín estrellado que cubre por completo la fachada del segundo edificio del hotel, construido en la década de 1950, donde me alojo. 

Hotel Collioure
Fuente del jardín de la Casa Païral rodeada de flores

La Casa Païral es, en definitiva, una de esos alojamientos donde sientes que nada ha cambiado y todo sigue de moda. Aquí uno puede permitirse ser niño, pintor o poeta, o simplemente dejarse llevar por el letargo de no hacer nada, tan solo contemplar, escuchando el sonido de los pájaros, el rumor del agua en la fuente o intentar adivinar el perfume de las flores que se encuentran en el jardín. 

La Casa Païral
Piscina climatizada de la Casa Païral, un oasis de relax en pleno centro de Collioure

Del jardín nos trasladamos a la piscina; el paseo sobre un camino de grava culmina junto a una hilera de tumbonas bajo una glicina centenaria, que ofrece sombra y un delicado perfume. A un lado, una alameda de bambúes convierte el acceso desde el aparcamiento en un pasaje casi secreto. La piscina, de 1,08 a 1,70 metros de profundidad, está climatizada a 27 °C, invitando a sumergirse en el relax y el aturdimiento. 

Collioure
Rincones llenos de historia y elegancia en la Casa Païral

Un rincón donde dejar que el tiempo se esfume mientras se escucha el murmullo del agua y se contempla la danza de la luz entre las hojas y las flores. La piscina, rodeada de vegetación y calma, es un remanso de tranquilidad. La verdadera belleza del hotel Casa Païral reside en su capacidad de combinar historia, naturaleza y descanso en perfecta armonía.

Más información: Hôtel Casa Païral ****. Dirección: Impasse des Palmiers, 66190 Collioure. Teléfono: + 33 (0) 468 820 581. Disponen de aparcamiento privado, algo muy recomendable en esta ciudad. Web: Hôtel Casa Païral

Toda la información generada en redes sociales sobre esta escapada a Collioure puede consultarse a través de los hashtags #visitPO #ToutEstIci #PyrénéesOrientales y #PaysCatalan.

Qué más ver cerca

Anse de Paulilles:  Explora la “explosiva” bahía de Paulilles y adéntrate en el taller de barcas catalanas cerca de Port-Vendres.

Canet-en-Roussillon: A tan solo 20 km de Collioure, este encantador pueblo costero ofrece una playa de 9 km de fina arena, y el innovador acuario Oniria.

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