Hoy en día, pasear por Lourdes es recorrer las huellas de
aquel choque entre la tradición montañesa de los primeros pirineístas que ya vimos en Luchon y el nacimiento del turismo religioso
de masas. Te propongo una ruta histórica y narrativa por los escenarios que
retrató el célebre autor naturalista, contrastando la experiencia del viajero
de 1890 con la vibrante realidad que descubre el viajero de hoy al recorrer las
calles de Lourdes.
Los enfermos
más desfavorecidos solicitaban por escrito su hospitalización, lo que los
eximía de cualquier gasto de viaje y estancia; eran recogidos en la puerta de
sus domicilios y devueltos allí al finalizar la peregrinación, de modo que su
única preocupación consistía en llevar
algo de comida para el camino. Gracias a los acuerdos firmados con las
compañías ferroviarias, se expendían billetes a precios muy reducidos. Sin
embargo, la diferencia era abismal para quienes decidían viajar de forma
particular por su cuenta fuera del amparo
parroquial.
Las cifras y
la organización del tráfico ferroviario resultaban sobrecogedoras. Solo en los
vagones destinados al transporte de los enfermos más graves se hacinaban en
torno a trescientos enfermos y
quinientos peregrinos. Para gestionar semejante marea humana desde la
capital, los convoyes que partían de París eran bautizados con nombres de
colores. Zola rememora con
estremecimiento el paso del «Tren Gris» y el «Tren Azul», que precedían al
sobrecogedor «Tren Blanco» —el convoy lamentable de los mayores padecimientos—,
al que seguían a su vez el Tren Verde, el Amarillo, el Rosa o el Anaranjado. De
un extremo a otro de la línea, salía un tren a cada hora.
A esta red
parisina se sumaban los convoyes que ese mismo día partían simultáneamente
desde Orleans, Le Mans, Poitiers, Burdeos, Marsella o Carcasona. Francia entera
quedaba surcada en todas direcciones por estos trenes gemelos, transportando de
golpe a más de treinta mil enfermos y
peregrinos a los pies de la Virgen. Pero Zola recordaba que no solo Francia se ponía en marcha, sino Europa
y el mundo entero; en los años de mayor efervescencia religiosa, las vías
llegaron a canalizar entre trescientas
mil y quinientas mil almas. Sorprendentemente, y a pesar de esta saturación
incesante de vías y horarios, jamás llegó a registrarse un accidente
ferroviario grave.
Para
sobrellevar la angustia y el cansancio de un trayecto que desde París a Lourdes
prolongaba su agonía durante más de veintidós horas —con una única parada de
media hora en Poitiers—, el tiempo dentro del tren quedaba estrictamente
pautado por una retahíla de oraciones y cánticos recitados a horas fijas. El Magnificat, el Ángelus, el Ave María y
el Pater Noster (o Padre Nuestro) marcaban
el ritmo de las horas, convirtiendo aquellos vagones de madera en verdaderos
monasterios itinerantes sobre raíles.
Si el
traslado en tren era un calvario sobre raíles, la estancia en la ciudad no
ofrecía tregua. Zola describe con
pulso naturalista la llegada y distribución de los trescientos o cuatrocientos
enfermos más graves: los hombres al Hospital
de la Salud y las mujeres al Hospicio
de la ciudad. Cada uno con su «tarjeta
de hospitalidad» del color de su tren, indicando su nombre y número de
orden, al que se le añadía a su llegada el nombre de la sala y el número de
cama, en un sistema de una eficiencia casi militar.
En aquel laberinto
de jergones hacinados, el autor retrata la paradoja más dolorosa del fenómeno
de Lourdes: la ausencia total de
tratamiento y personal médico. La ciencia se suspendía lógicamente durante
la peregrinación porque todos eran enfermos
desahuciados que ya no esperaban nada de la medicina de los hombres, sino
el «flechazo del prodigio».
Incluso en
mitad de aquel infierno, las convenciones sociales de la época imponían sus
reglas: el estricto reglamento prohibía
tajantemente la entrada a las jóvenes no casadas en las salas de enfermos
para evitar que presenciaran «cosas
indecorosas y demasiado espantosas». Una pincelada más de esa mentalidad
decimonónica que Zola diseccionó como
nadie, mostrando cómo Lourdes era, al mismo tiempo, la última trinchera de la
desesperación y el espejo de todas las contradicciones de su tiempo.
Hoy en día, esa diferenciación física y social sigue estando
presente, pero la antigua villa histórica ha sabido convertir su histórica
resistencia en su mayor encanto. El Vieux
Lourdes continúa reivindicando su lugar primigenio y llamando la atención
del viajero para invitarlo a subir por sus calles estrechas y empinadas. Quien
se anima a alejarse unos pasos del bullicio del Santuario descubre un reducto menos masificado y con una
calidad de vida notablemente superior: un espacio auténtico, tranquilo y
cotidiano donde se respira la verdadera vida
local, y que hace más de un siglo ya fascinaba a Zola.
Al pasear por el centro histórico de la Ciudad Vieja, el
viajero se topa con la imponente Iglesia
del Sagrado Corazón (Sacré-Cœur), un monumento cuya construcción encierra
una de las historias más intensas del Lourdes del siglo XIX. Tras las
Apariciones de 1858, la antigua parroquia de San Pedro —estropeada por un
incendio y desbordada por la marea de peregrinos— quedó pequeña para acoger a
tantos fieles. Fue el célebre abad Dominique
Peyramale quien impulsó en 1875 la construcción de este nuevo templo.
Aunque al principio se mostró muy escéptico ante las visiones de la joven Bernadette, terminó convirtiéndose en su
mayor defensor y en una pieza clave para el reconocimiento oficial de las Apariciones.
Para quienes prefieran el té, la carta ofrece cerca de un centenar de variedades a granel
para degustar allí mismo (4 €) o comprar, tanto en caliente como en
refrescantes versiones frías. La propuesta se completa con una deliciosa
repostería casera, crêpes y gofres hechos al momento, además de helados
artesanales de la región; un alto en el camino perfecto para un brunch, un
tentempié a mediodía o una merienda con auténtico sabor local.
Más información: Brûlerie
& Torréfaction Lourdaise. Dirección: 5 Place de l'Eglise, 65100 Lourdes. Horario: Abierto de martes a
sábado de 8:30 h a 18 h.
Le Cachot: la prisión
de miseria extrema de la familia Soubirous
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| Le Cachot. (Postales de época restauradas y coloreadas digitalmente) |
Dentro del entramado histórico del Chemin de Bernadette, una parada imprescindible es Le Cachot. Cuando los personajes de Émile Zola visitan este lugar —el doctor Chassaigne y el joven cura Pierre—, retrata con precisión de
cirujano la «tristeza de una callejuela
tortuosa» bordada de muros ciegos y
fachadas sombrías, donde el acceso a la vivienda familiar parecía el
descenso a una bodega oscura y
resbaladiza.
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| Entrada y salida al edificio del Cachot |
Zola se maravilló y rabiaba a la vez ante este rincón ahogado entre paredes húmedas, enlosado con piedras rugosas y apenas iluminado por la luz verdosa que filtraba un estrecho patio interior, donde «para leer a pleno mediodía habría hecho falta una vela». Aquel espacio no era otra cosa que un tugurio miserable de poco más de cuatro por tres metros al que la extrema pobreza y la
mala fortuna habían empujado a los Soubirous.
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| Llave expuesta en Le Cachot |
Tras la quiebra del molino de Boly, la familia Soubirous cayó en una espiral de falta de trabajo,
precariedad y desahucios que los llevó al aislamiento social. Sin recursos ni
apoyos, su último refugio fue esta habitación. Ubicado en la Rue des Petits Fossés y propiedad hoy de
las Hermanas de la Caridad de Nevers, el habitáculo había servido como calabozo de la antigua cárcel de
Lourdes hasta su clausura en 1824.
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| Habitación donde vivió la familia Soubirous. (Postal de época restaurada digitalmente) |
Allí se hacinaron, desde mayo de 1856 hasta mediados de
septiembre de 1858, los seis miembros de la familia: François Soubirous, su esposa Louise
y sus cuatro hijos, Bernadette (de 14
años), Toinette (11), Jean-Marie (7) y el pequeño Justin (3). El mobiliario se reducía a lo mínimo
indispensable para sobrevivir: una mesa, algunas sillas, un baúl para la
ropa y dos camas. A causa de la extrema necesidad, en septiembre de 1857 Bernadette fue enviada durante cinco meses a Bartrès con su antigua nodriza, Marie Laguës, para ayudar en las tareas domésticas.
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| Bernadette Soubirous rodeada por las Hijas de María |
Regresó a Lourdes en enero de
1858 para asistir a las clases para niños pobres impartidas por las Hermanas de
Nevers. Sería de esta misma celda de
donde saldría Bernadette, la
mañana del 11 de febrero de 1858 junto a su hermana y una amiga, para recoger
leña a orillas del Gave; una jornada cotidiana que desembocaría en la primera de las apariciones marianas. Al cruzar hoy
la puerta de este diminuto espacio, el viajero puede experimentar exactamente
la misma sobrecogedora sensación que los visitantes del siglo XIX.
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| Icónico capulet blanco tradicional de los Pirineos occitanos expuesta en Le Cachot |
Conservado con cierto rigor histórico, Le Cachot permite comprender de golpe la humildad radical de los orígenes de Bernadette. Su desnudez contrasta de forma brutal con la opulencia monumental de las basílicas del Santuario. La visita actual al Cachot
refleja la angustia espacial del lugar: es un habitáculo tan pequeño y estrecho
que el recorrido exige entrar por una puerta y salir por otra.
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| Zueco de madera expuesto en Le Cachot |
La primera estancia custodia, tras vitrinas de cristal, valiosas reliquias: una enorme llave metálica de portón, un zueco de madera, un rosario y el tradicional capulet de lana blanca: una toca pirenaica característica de las mujeres de la zona que, además de resguardar del frío de la montaña, denotaba por su color blanco la juventud y soltería de quien lo vestía. En una de las paredes, un gran plano presenta el Lourdes de
1858 y traza con una línea exacta el itinerario que recorrió la niña desde esta
celda donde nos encontramos hasta la Gruta de Massabielle aquella mañana de
febrero.
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| Habitación donde vivió la familia Soubirous |
El recorrido concluye en la estancia contigua, el espacio real donde malvivió la familia Soubirous durante las dieciocho apariciones, conservado en su desnudez original con la chimenea de la época y un sobrio banco de madera. No sería hasta septiembre de 1858 cuando pudieron abandonar finalmente
el calabozo para alojarse en la Place
Marcadal, en la vivienda del pastelero Deluc,
cuya esposa era prima de la madre de Bernadette.
Un modesto paso hacia adelante que marcaría el fin del capítulo más oscuro de
sus vidas.
Más información: Le
Cachot. Dirección: 15 Rue des
Petits-Fossés, 65100 Lourdes. Horario: Abierto todos los días, del 1 de
abril al 31 de octubre, de 9 h a 12 h y de 14 h a 18 h. Del 2 de enero al 31 de
marzo y del 1 de noviembre al 31 de diciembre, de 15 h a 17 h. Durante las
vacaciones escolares, abierto de 10 h a 12 h. Entrada gratuita.
El Castillo Fortificado
de Lourdes
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| El Castillo Fortificado. (Postal de época restaurada y coloreada digitalmente) |
Elevándose sobre el escarpe rocoso que articula el perfil de
la ciudad de Lourdes, se alza el Château
Fort, la imponente fortaleza militar que Zola contemplaba presidiendo el horizonte. En las páginas de su
novela, la fortaleza aparece como un centinela inmemorial que dividía la
modesta villa histórica —recostada al otro lado del peñón— del nuevo imperio
sagrado que emergía junto al río Gave.
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| Acceso al Castillo Fortificado y Museo Pirenaico de Lourdes |
Zola evocaba con admiración esa «roca solitaria, coronada por la torre y los muros desmoronados del antiguo castillo», recordando que en otro tiempo aquel baluarte de perfil negro «de antigua fortaleza fiera» y altas murallas había sido la llave temible de los siete valles del Lavedan, el gran guardián defensivo de las montañas. Hoy en día, el Castillo Fortificado es el nexo perfecto entre ese pasado medieval y la ciudad actual, además de un espacio cultural verdaderamente fascinante.
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| En una de las salas del museo se ha representado la cocción del gâteau à la broche |
Cruzar sus murallas es adentrarse en las
dependencias del Musée Pyrénéen,
cuya colección etnográfica destaca por un nivel de detalle asombroso: desde herramientas agrícolas hasta minuciosas
reconstrucciones de estancias
tradicionales donde no falta un solo utensilio
en las cocinas, pasando por salas dedicadas al arte de la tejeduría con telares antiguos, la cerámica local o la indumentaria
típica.
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| Un jardín botánico que no te esperas encontrar |
Es una inmersión completa en la vida cotidiana y el alma de los Pirineos,
que abordaremos con el detalle que merece en un futuro artículo dedicado en exclusiva a su colección y los diferentes espacios expositivos. Todo ello con el encanto extra de subir a las viejas almenas y regalarse con la misma panorámica majestuosa que sobrecogió al
escritor francés.
Más información: Château
Fort. Dirección: 25 Rue Du Fort, 65100
Lourdes. Horario: Abierto todos los días de 9 h. a 17 h. Entrada: 8 €. Web: Castillo Fortificado - Museo Pirenaico de Lourdes.
La Casa Paterna de Bernadette
(Moulin Lacadé)
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| Moulin Lacadé en una postal de época restaurada y coloreada digitalmente y en la actualidad |
Es la vivienda a la que se trasladó la familia Soubirous en 1865. Tal como narra Zola, fue la mediación de Monseñor Laurence, obispo de Tarbes, lo que
permitió a la familia abandonar la
miseria extrema del viejo Cachot (la antigua cárcel) y recuperar la
dignidad, instalando al padre de Bernadette
en este molino donde pudo volver a
ejercer su oficio.
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| Libro de plegarias de Bernadette Soubirous |
Hoy en día, la visita a la casa de los padres de Bernadette ofrece un emotivo viaje en el
tiempo en la vida cotidiana de los Soubirous.
Las salas de la exposición custodian valiosos recuerdos familiares y
personales: retratos de sus padres y
hermanos, el árbol genealógico —que conecta la estirpe hasta los familiares
vivos de la actualidad—, cartas
manuscritas, un pañuelo a cuadros,
su libro de plegarias y hasta una maqueta de la Gruta realizada por la
propia Bernadette.
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| El faldón de bautismo expuesto en el Moulin Lacadé fue bordado por Bernadette |
No obstante, una de las piezas con la historia más
impactante es el faldón de bautismo,
que según nos explica la encargada de cobrar las entradas, fue cosido por la
joven para sus hermanos: una vestidura que, tras más de un siglo y medio, la
familia sigue sacando de la vitrina
para bautizar a los bebés de las nuevas generaciones, como atestiguan las
fotografías de los recién nacidos que acompañan a la prenda.
Un viaje en el tiempo
a la vida familiar de Bernadette
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| Rincón del Moulin Lacadé con la antigua pila de piedra |
A través de mamparas de cristal que protegen las estancias
sin restarles visibilidad, el recorrido se adentra en la antigua zona de
trabajo de François Soubirous. Allí
se exhibe el viejo molino con sus
piezas sueltas, cedazos, la piedra de moler y las arcas de madera donde se
depositaba el grano y se recogía la harina. A continuación, se pasa a la cocina, dominada por la chimenea en el centro y una pequeña
ventana que ilumina la pila sin
grifo con su jarra de zinc.
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| La antigua mesa de madera en la cocina del Moulin Lacadé |
Sobre la mesa de
madera reposa un bonito cuenco de cerámica vidriada amarilla junto a
cubiertos antiguos y dos sillas sin asiento, mientras en la pared cuelgan
sartenes y cacerolas de la época. En esa misma cocina, en la pared opuesta a la
ventana, se ubica la cama donde
falleció en 1866 la madre de Bernadette,
junto a una mesita de noche. En la pared pueden verse pequeñas placas de mármol
a modo de exvotos con mensajes de
agradecimiento («MERCI a N. D. de
LOURDES») en letras doradas.
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| Instalaron a la madre de Bernadette en la cocina al no poder subirla al dormitorio |
Un cartel sobre una silla recuerda el dramático instante en
que Bernadette, al despedirse de este
hogar, cayó desmayada en brazos de su madre. Una figura de metro y medio que representa a la joven rezando custodia
los pies de la cama. Unas estrechas y empinadas escaleras de madera conducen al
piso superior, donde se conserva
otro humilde dormitorio con dos camas
individuales separadas por una mesilla
de noche, en una de las cuales falleció el padre de la visionaria en 1871.
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| Réplica del mausoleo de Nevers con la figura yacente de Bernadette |
Tras pasar junto a otra cama protegida tras el cristal y
rodeada de más placas de agradecimiento,
la última sala exhibe una urna de
cristal que recrea el mausoleo de Nevers, con la figura yacente en cera de Bernadette vestida con el hábito de
monja y el rosario entre sus manos. La visita desemboca directamente en la tienda de recuerdos, regentada por los
propios descendientes de Bernadette Soubirous.
Más información: Moulin
Lacadé. Dirección: 2 Rue Bernadette Soubirous, 65100 Lourdes. Horario:
Abierto de lunes a sábado, del 1 de abril al 31 de octubre, de 9:30 h a 12:15 h
y de 14:15 h a 18:30 h. Entrada: 2,50 € (a partir de 11 años).
La Casa Natal de Bernadette Soubirous (Moulin de Boly)
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| Casa natal de Bernadette. (Postal de época restaurada y coloreada digitalmente) |
Zola retrata este
molino como un remanso de dicha y prosperidad, escenario de los primeros años
de felicidad de la familia Soubirous.
Alquilado por François, el padre de Bernadette, fue el hogar familiar antes
de que los contratiempos y la mala fortuna arruinaran a sus padres,
obligándoles a iniciar un doloroso peregrinaje de pobreza que culminaría en la sórdida celda del Cachot.
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| Lugar de nacimiento de Bernadette Soubirous. (Postal de época restaurada y coloreada digitalmente) |
Bernadette nació
el 7 de enero de 1844 en el Molino de
Boly en el seno de una familia humilde pero unida. Fue la mayor de nueve hermanos de los cuales solo cuatro alcanzaron la
edad adulta. Cuando apenas contaba con unos meses de vida, su madre sufrió
graves quemaduras que le impedían amamantarla, por lo que la pequeña fue
confiada a Marie Laguës, una nodriza
del cercano pueblo de Bartrès.
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| Cocina del Molino de Boly. (Postal de época restaurada y coloreada digitalmente) |
Permaneció allí entre noviembre de 1844 y abril de 1846,
fraguando un profundo afecto por Laguës, a quien siempre recordaría como su
«segunda madre». Tras ese paréntesis, Bernadette
pasó sus diez primeros años de vida
en este molino a orillas del arroyo de Lapacca, un hogar entrañable que ella
misma bautizaría cariñosamente como el
«Molino de la Felicidad».
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| Molino de Boly. (Postal de época restaurada y coloreada digitalmente) |
Al cruzar el umbral de la vivienda, la primera sala da la
bienvenida con grandes paneles
informativos que contextualizan el universo de la joven: los rostros de las
personalidades clave del Lourdes de
1858, un árbol genealógico enfocado
en sus abuelos, padres y hermanos, y los registros con las fechas y lugares de
su bautismo, comunión y confirmación. Un mapa cronológico completa el recorrido
inicial mostrando el itinerario de los diferentes lugares donde residió Bernadette
desde su nacimiento en 1844 hasta su marcha a Nevers y posterior fallecimiento
en 1879.
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| Cuna de madera con balancín |
Subiendo a la primera planta, el itinerario muestra la vivienda
familiar. Una de las estancias alberga una chimenea
revestida de madera —muy probablemente una restauración o añadido posterior
para la conservación del espacio— frente a la cual reposa una emotiva cuna de madera con balancín. En la sala común, un cartel sobre la repisa
indica que era en ese espacio donde la familia vivía, acogía a los suyos y
rezaba unida.
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| Detalle de la estancia principal del Molino de Boly |
Allí se expone una mesa
de madera con tres sillas, dos platos y sus cubiertos, junto a una pila de piedra situada bajo la ventana
y un aderezo de época compuesto por quinqués, cestas, botes de cerámica, zuecos
de madera sobre la alfombra y una antigua plancha de hierro. A la izquierda destaca
un sobrio mueble de madera sobre el
que descansa una jarra, mientras que a la derecha se ubica una cama, custodiada en la pared por un
enorme rosario de madera.
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| Detalle del viejo molino de madera de la casa natal de Bernadette |
El descenso por una segunda escalera conduce directamente a
la infraestructura hidráulica del viejo
molino de madera, conservado aquí de forma mucho más completa que en Lacadé.
En sus carteles descriptivos es posible identificar con precisión sus piezas históricas
originales restauradas en 2012: la tolva (trémie),
el canalizo (auget), la piedra de
moler (meule), el pico vertedor (bec verseur), el arca de la harina (coffre à farine) y la turbina (turbine).
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| El Molino de Boly, lugar de nacimiento de Bernadette Soubirous en 1844 |
Colgado de la pared otro cartel en francés sintetiza el
dramático punto de inflexión de la familia Soubirous:
«Tras 10 años de vida aquí, los Soubirous
debieron abandonar este Molino de la Felicidad para vagar de molino pobre en
molino más pobre, hasta acabar en el reducido espacio del Cachot».
Más información: Moulin
de Boly. Dirección: 12 Rue Bernadette Soubirous, 65100 Lourdes. Horario:
Abierto todos los días, del 1 de abril al 31 de octubre, de 9 h a 12 h y de
14:30 h a 17:30 h. Del 2 de enero al 31 de marzo y del 1 de noviembre al 31 de
diciembre, de 15 h a 17 h. Durante las vacaciones escolares, abierto de 10 h a
12 h. Entrada gratuita.
La Plaza del Mercado:
El corazón de la Ciudad Vieja
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| Mercado de ganado en Le Champ Commun. (Postal de época restaurada y coloreada digitalmente) |
La Ciudad Vieja es un casco urbano lleno de vida, con puntos
neurálgicos como la animada plaza del
mercado, que en época estival se transforma en un escenario al aire libre
para conciertos y veladas musicales.
Zola la dibuja como una amplia plaza
de planta triangular, el enclave más animado y lujoso del casco histórico,
donde se concentraban los mejores cafés, las farmacias más concurridas y los
comercios más distinguidos. Entre todos aquellos establecimientos, el escritor se recrea
en una tienda que llamaba poderosamente la atención de cuantos por allí
pasaban.
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| Mercado de ganado en Le Champ Commun. (Postal de época restaurada y coloreada digitalmente) |
Era una elegante barbería pintada de un vistoso verde claro, ornamentada
con altos espejos de cristal y coronada por un llamativo letrero en letras
doradas que anunciaba: Cazaban, peluquero. El ritmo de este espacio cambiaba según los días de la semana.
Entre semana, el movimiento era pausado y eminentemente local: apenas unas amas
de casa apuradas haciendo los recados o algunos jubilados que paseaban a la
sombra de los árboles. Había que esperar al domingo o a las jornadas de feria
para ver la plaza estallar de vida.
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| Puesto de flores en el mercado de la Place du Champ Commun |
Esos días, la población local se vestía con sus mejores galas de fiesta y se mezclaba con las multitudes de ganaderos que bajaban de las lejanas mesetas y valles pirenaicos guiando a sus animales. Hoy en día, la Place
du Champ Commun y sus inmediaciones conservan intacto ese espíritu de punto
de encuentro auténtico. Sigue siendo el lugar ideal donde el viajero puede
escapar del bullicio del circuito de los Santuarios para disfrutar de un café
en sus terrazas, saborear la gastronomía local y sentir el verdadero latido de
la vida pirenaica.
Les Halles: el corazón gastronómico de la ciudad
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| Vista de la plaza y el mercado. (Postal de época restaurada y coloreada digitalmente) |
Aunque Émile Zola
no llegó a incluirlo en las páginas de su novela, el mercado cubierto de Lourdes (Les
Halles) es una parada imprescindible para tomar el pulso a la vida
cotidiana de la ciudad y comprender su patrimonio del siglo XIX. Su precioso
edificio de estructura metálica es un ejemplo perfecto de la arquitectura industrial de la época.
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| El edificio del Mercado Cubierto de Lourdes |
Curiosamente, la estructura no se construyó originalmente
aquí: formaba parte del emblemático Marché
de la Pierre en Toulouse, hasta que el Ayuntamiento de Lourdes lo compró, en
1892 por 140.000 francos (el equivalente a unos 700.000 euros actuales), lo
desmontó y lo trasladó pieza a pieza para reconstruirlo en su ubicación actual,
la Place du Champ Commun.
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| Puesto de carnicería en el mercado |
Hoy en día, este espacio histórico se ha convertido en el
verdadero corazón gastronómico de
Lourdes. Es el lugar perfecto en el centro de la ciudad para mezclarse con
la gente local, tapear y descubrir los sabores auténticos de la cocina
pirenaica. Entre los imprescindibles que todo viajero debe probar (o meter en
la maleta) destacan:
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| Truchas frescas de los Pirineos en el mercado |
El famoso e imprescindible Porc Noir de Bigorre (el mítico cerdo negro de la región), el
sabroso cordero de Barèges y las
distintas especialidades derivadas del pato.
La trucha de los Pirineos, el
tradicional queso Tomme des Pyrénées
y los célebres haricots tarbais (las alubias locales, ingrediente estrella de
la reconfortante garbure pirenaica
que pudimos probar en Luchon),
además de mieles y mermeladas
artesanales.
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| Selección de quesos a la venta en el mercado |
La visita no estaría completa sin pasar por sus puestos
tradicionales para degustar el icónico gâteau à la broche —un pastel
artesanal de fiesta elaborado capa a capa al asador, parecido al kürtőskalács húngaro— o una jugosa tourte
des Pyrénées. Para regarlo todo, nada mejor que un vino de las A.O.C. Madiran o Jurançon, o una buena cerveza
artesana de los valles.
Un alto en el camino:
Restaurante Le Palacio
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| Detalle del interior del restaurante Le Palacio |
Tras recorrer una parte de la memoria literaria de Zola, llega el momento de recuperar
fuerzas y reconectar con el pulso cotidiano de la ciudad. Y ya que estamos
frente a sus emblemáticas y bulliciosas Halles
(el mercado central), el mejor lugar para hacerlo es el Restaurante Le Palacio. Este restaurante de la Ciudad Vieja es una dirección
gastronómica a tener en cuenta para quienes buscan platos de la cocina tradicional francesa con un
toque bistronómico joven.
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| Poke bowl vegetariano |
Desde el año 2002, dos generaciones de la misma
familia unen su talento en los fogones para rendir un homenaje directo al
patrimonio culinario del Suroeste francés, trabajando exclusivamente con producto fresco «de la tierra a la mar». En su carta conviven propuestas informales —como pizzas artesanas (de 9 € a 14 €), ensaladas o pastas (14 €)— con grandes joyas gastronómicas de la región: desde
el auténtico cassoulet o el
legendario Porc Noir de Bigorre AOP
hasta el tierno cordero pirenaico,
los patos grasos o los famosos haricots
tarbais. Los amantes del pescado encontrarán trucha de los Pirineos procedente de acuicultura sostenible y
capturas frescas del día.
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| Queso Tomme des Pyrénées con confitura de cerezas negras |
Ya sea en su cálido salón interior o disfrutando del
ambiente nocturno en su gran terraza, adaptan sus platos a necesidades
alimentarias o dietas específicas, con opciones
vegetarianas, platos sin sal y
gestión rigurosa de alérgenos. Mi elección para cenar: Un apetitoso Poke bowl vegetariano (14,50 €) y, como
broche imprescindible de la zona, un corte de queso Tomme des Pyrénées acompañado con una confitura de cerezas
negras (6 €). ¡Sencillamente delicioso!
Más información: Le
Palacio. Dirección: 28 Place du Champ
Commun, 65100 Lourdes. Horario: De jueves a lunes de 12 a 14 h. y de 18:30 a
21:30 h. Miércoles cerrado. Web: Le Palacio.
Entrada al Santuario de Nuestra Señora de Lourdes
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| Puerta de San Miguel. Entrada al Santuario. (Postal de época restaurada y coloreada digitalmente) |
Para preparar la visita al Santuario de Nuestra Señora de Lourdes, basta un
dato: sus 52 hectáreas de recinto albergan 22 lugares de culto, lo que invita a
coger aire antes de cruzar la Puerta de
San Miguel. En las páginas de Lourdes,
Émile Zola describía con maestría el
ambiente febril que rodeaba los bulevares de entrada y la nueva avenida «soberbia» que bordeaba el río Gave
—erigida «a fuerza de dinero en la ribera
salvaje donde antaño pastaban los puercos»—.
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| Vendedores de leche de cabra. (Postal de época restaurada y coloreada digitalmente) |
En su época, la masa de peregrinos invadía los puestos al
aire libre donde se freían patatas o se guisaban carnes baratas con cebolla.
También se vendían ristras de salchichones, jamones y embuchados, caldo, leche o
tazas de café y panes por dos sueldos —es decir, 10 céntimos de franco, lo que
hoy equivaldría a unos 0,45 euros— que se podían devorar en las mesas
dispuestas sobre las aceras.
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| Vista de la explanada y la Virgen Coronada. (Postal de época restaurada y coloreada digitalmente) |
Curiosamente, si entonces eran las vendedoras de cirios y
ramos de flores quienes abordaban a los transeúntes, hoy son pedigüeños y
pedigüeñas que, como en la India, pueblan las esquinas y los puentes pidiendo
limosna. Pese a los cambios, la gran Explanada
sigue siendo la que Zola describió:
un jardín con césped central bordeado por dos paseos paralelos que llega hasta la
célebre imagen de la Virgen Coronada
mirando hacia las basílicas.
La Basílica de Nuestra Señora del Rosario
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| Bendición de los enfermos. (Postal de época restaurada y coloreada digitalmente) |
Interrumpiendo la explanada principal, se alza la Basílica de Nuestra Señora del Rosario, obra del
arquitecto Leopold Hardy, completada
en 1889. En las páginas de la novela, Zola
la retrataba como una «iglesia achatada y
redonda, tallada a medias en la roca» al fondo del gran jardín, custodiada
por los «brazos inmensos» de sus
rampas en arco. La arquitectura de este templo de estilo neobizantino fue analizada con agudeza por el escritor francés, a quien le llamaron especialmente la atención esas majestuosas rampas monumentales diseñadas en suave pendiente para articular el flujo de las grandes procesiones.
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| Donde acaba la Basílica de Nuestra Señora del Rosario, empieza la Inmaculada Concepción |
Con su sutil ironía, Zola
señalaba la picardía de su trazado curvo, que permitía a las multitudes descender y
volver a subir «girando en el sitio»
dentro del propio perímetro del Santuario, canalizando la devoción sin
necesidad de que los fieles se desviaran hacia la antigua parroquia del pueblo. En la gran puerta de entrada se armonizan con suma belleza las riquezas de su ornamentación en mosaico.
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| Tímpano esculpido por Henri-Charles Maniglier en la Basílica de Nuestra Señora del Rosario |
Destaca sobre el tímpano el notable grupo esculpido por Henri-Charles Maniglier, de París, que representa a la Santísima
Virgen con el Niño Jesús haciendo entrega del rosario a Santo Domingo. La obra está enmarcada por la inscripción latina «Quasi rosa plantata super rivos aquarum
fructificate» (Floreced como rosa plantada junto a las corrientes de las
aguas) y, justo debajo, la invocación «Regina
Sacratissimi Rosarii, ora pro nobis».
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| Detalle del mosaico de la Anunciación en la fachada de la Basílica de Nuestra Señora del Rosario |
Asimismo, en los ángulos de la
fachada lucen dos grandes medallones en
mosaico —regalo del Papa León XIII—
con los retratos de Su Santidad y de monseñor Schoepfer, por entonces obispo de Tarbes. Hoy en día, despojadas de la polémica decimonónica, la
imponente amplitud de su fachada y la riqueza de sus grandes mosaicos siguen constituyendo el telón de fondo más icónico
de Lourdes. Es un espacio que alcanza su cima de emotividad al caer la noche,
cuando la plaza se llena de luz y silencio durante la célebre Procesión de las Antorchas.
La Procesión de las
Antorchas
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| Procesión de las Antorchas ante la basílica. (Postal de época restaurada y coloreada digitalmente) |
La vivacidad de la devoción nocturna también ha mutado con
el paso del tiempo. Instituida en el año 1872, Zola inmortalizó la emblemática Procession
aux flambeaux (Procesión de las
Antorchas) describiendo lo que llegó a definir como «el espantoso desfile, aquella corte de los milagros del sufrimiento
humano». En sus páginas, el escritor contempló fascinado cómo cada
asistente avanzaba sosteniendo un cirio resguardado por un cucurucho de papel
blanco, que lucía impresa en tinta azul la imagen de Nuestra Señora de Lourdes,
formando una descomunal «serpiente de fuego» reptando en la noche.
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| Basílica de la Inmaculada Concepción iluminada durante la Procesión de las Antorchas |
Hoy en día, de abril a noviembre y de forma completamente
libre y gratuita para todo el mundo, el rito se celebra a diario a las 21:00 h,
manteniendo el mismo itinerario que en el siglo XIX: la multitud recorre el
largo paseo recto que se abre al cruzar la Puerta
de San Miguel, bordea el prado girando en la Cruz de los Bretones y regresa por el paseo opuesto frente a las
majestuosas rampas de la Basílica de Nuestra Señora del Rosario.
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| Paso de la Virgen durante la Procesión de las Antorchas |
La procesión congrega hoy a un número sensiblemente menor de peregrinos y devotos frente a las
riadas humanas y a la sobrecogedora masa de tullidos, llagados y dolientes de
gravedad extrema que retrató Zola en
su época. La estampa actual muestra una realidad médica bien distinta, con una
presencia notablemente menor de enfermedades famélicas o de miembros retorcidos. Otra diferencia reveladora es la ausencia de aquellos miles
de cucuruchos iluminados de antaño; hoy son muy pocos los que portan una vela
en la mano y, de esos pocos, la mitad prefiere no encenderla para conservarla
intacta y llevársela a casa como recuerdo.
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| Fieles portando velas encendidas en la Procesión de las Antorchas |
Es el reflejo silencioso de una creciente mezquindad que
parece impregnarlo todo. Al contemplar la penumbra del recinto, uno comprende
que no es la falta de fe ni la disminución en el número de creyentes lo que
debería darnos miedo hoy en día; es la progresiva falta de misericordia, una
cualidad que parece haber ido desapareciendo de nuestras vidas cotidianas sin
darnos cuenta.
La Basílica de la
Inmaculada Concepción (Basílica Superior)
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| Las Basílicas junto al Gave. (Postal de época restaurada y coloreada digitalmente) |
Levantada sobre la mismísima Gruta de Massabielle, la Basílica de la Inmaculada Concepción se
construyó exteriormente con piedra del país, mientras que para su interior se
empleó la elegante piedra blanca de Angoulême. Bendecida en 1871 y consagrada en 1876, esta iglesia de estilo neogótico fue
retratada por Zola como un templo que
«se lanzaba hacia arriba, un poco esbelta
y frágil, demasiado nueva, demasiado blanca, con su estilo estilizado de joya
fina, brotada de las rocas como una oración».
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| Santuario a orillas del Gave |
Dominando el valle con sus agujas apuntando al cielo, el templo encarnaba el triunfo rotundo
de la nueva fe monumental. Las dos agujas que flanquean los laterales fueron
añadidas en 1908 por monseñor Schoepfer,
obispo de Tarbes, con motivo del cincuentenario de las apariciones. En la época
del escritor, lo habitual era recibir entre cien mil y doscientos mil
peregrinos al año; sin embargo, en hitos históricos como la gran coronación de
la Virgen en 1876, la afluencia rozó el medio millón de fieles, con jornadas
memorables donde «cien mil peregrinos acudían
y treinta y cinco obispos vestidos de oro hacían radiante la Basílica».
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| Altorrelieve de Cristo Pantocrátor esculpido en el nártex |
Al cruzar la nave actual, el viajero ya no encuentra los
exvotos que tapizaban sus paredes, testigos de la incesante afluencia de
peregrinos que el autor describía a finales del XIX, pero descubre un espacio
imponente cuyos impresionantes vitrales
narran con un colorido único la historia de la Virgen María, la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción
por el papa Pío IX en 1854 y las
Apariciones de 1858. Un detalle en la visita: ¡Fíjate bien al entrar! Sobre el
acceso a la cripta se conserva un gran
medallón que rinde homenaje al propio Pío
IX, una huella histórica del pontífice que impulsó el dogma.
Las fuentes de agua
de Lourdes: el «Santo Grial» de la fe
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| Mosaico del Milagro de Bernadette en la Basílica de Nuestra Señora del Rosario |
Todo cambió aquel 25 de febrero de 1858, durante la novena
aparición. Ante la mirada atónita de la multitud, una joven Bernadette Soubirous comenzó a escarbar
en la tierra lodosa al fondo de la Gruta y a beber el agua embarrada que
brotaba de forma espontánea y limpiándose el rostro. Seguía una orden de la Virgen que solo ella podía escuchar: «Vayan a beber a la fuente y a lavarse».
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| Botellas llenadas de agua mineral de Lourdes en las fuentes del Santuario |
Días después comenzaron a registrarse las primeras curaciones milagrosas. Aunque los análisis científicos
nunca han hallado propiedades químicas especiales en el agua, para el creyente
la fe lo es todo. Como decía la propia Bernadette:
«¡Una sola gota basta! ¡Es la fe lo que
se necesita!». Si se piensa bien, esta fuente es el verdadero milagro de Lourdes: un agua mineral pura, transparente
y helada —idéntica a la que fluye de las altas mesetas pirenaicas— que el
propio Zola no dudó en afirmar que «ni una enfermedad del estómago resiste,
todas desaparecen al primer vaso».
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| Envasado de agua de la Gruta. (Postal de época restaurada y coloreada digitalmente) |
Para quienes no podían acudir en persona, Zola documentó la visita de su personaje
principal al modesto almacén donde un obrero llenaba a mano, una a una, las
botellas de vidrio desde una cuba de zinc arrastrada desde la Gruta, para
encajonarlas después entre capas de viruta y enviarlas por un franco con
setenta —lo que equivalía exactamente al salario de media jornada de trabajo de
un obrero de la época (o unos 8,50 euros actuales)—.
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| Peregrinos bebiendo el agua milagrosa. (Postal de época restaurada y coloreada digitalmente) |
En la época del escritor francés, la fuente constaba de una
construcción baja de doce caños protegida por un muro de piedra rematado con
molduras talladas. Zola narraba con
fascinación una fuente asediada a todas
horas por una abigarrada multitud que acudía con cántaros de gres y, sobre
todo, con llamativos bidones de hojalata de uno a diez litros —algunos neutros
y otros estampados con la imagen de la Virgen en azul— que «añadían una alegría al gentío con su brillo de hojalata nueva y su
claro tintineo de cacerola, llevados en la mano o colgados en bandolera».
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| Mujer llenando una botella de agua en las fuentes del Santuario |
Poco ha cambiado el
ritual del agua en el siglo XXI, más allá de la modernización del diseño de
las fuentes y el material de los envases. Quienes no llevan botella para llevarse
el agua de Lourdes a sus lugares de origen, se acercan para beber directamente,
lavarse las manos y el rostro, recreando el gesto original de purificación que se lleva realizando desde 1858.
En el fondo, hasta el más escéptico de los visitantes desea rendirse por un instante a la ilusión del
milagro, anhelando con terca certeza que esa misma agua divina que Zola vio brotar a finales del siglo XIX
siga estando allí de forma gratuita para
aliviar y curar a la humanidad.
Las antiguas piscinas
y el "fango humano"
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| Las piscinas fueron construidas en 1892. (Postal de época restaurada y coloreada digitalmente) |
Antes de llegar a la Gruta, el visitante del siglo XIX se
topaba con las casetas de las piscinas,
el lugar donde se llevaba a cabo uno de los ritos más sobrecogedores de
Lourdes: la inmersión de los enfermos.
Hoy en día este espacio ha desaparecido por completo y no queda rastro físico
de aquellas casetas, pero las páginas de Zola
conservan una radiografía exacta de su distribución.
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| Las piscinas. (Postal de época restaurada y coloreada digitalmente) |
En su época, el espacio le pareció bien acondicionado en lo
estructural: constaba de una sala de
espera común, una estancia pavimentada y sobria amueblada únicamente con un
banco y dos sillas. Allí, los enfermos se desnudaban y vestían a toda prisa,
dominados por el pudor. Desde esta antesala se accedía a tres departamentos independientes con tres bañeras a las que se bajaba por unos peldaños de piedra,
separadas entre sí por tabiques y resguardadas en la entrada por una sencilla
cortina de lona que se corría para aislar al enfermo durante el baño.
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| Enfermos frente a las piscinas. (Postal de época restaurada y coloreada digitalmente) |
Según detallaba una guía de Lourdes de 1908, la instalación
se dividía meticulosamente en tres departamentos: los dos primeros estaban reservados
a mujeres y hombres respectivamente, y un tercero estaba equipado con pilas
específicas para infantes, baños de asiento y pediluvios. Para sumergirse en
las piscinas de Lourdes, los enfermos debían presentar un certificado firmado
por un médico de su país de origen. Al cuidado de estas instalaciones y del
trato con los enfermos se encargaban los miembros de la «Hospitalidad de Nuestra
Señora de Lourdes».
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| Interior de las piscinas. (Postal de época restaurada y coloreada digitalmente) |
Sin embargo, tras esta disposición arquitectónica se
escondía una realidad sanitaria estremecedora. Por temor a que el caudal del
manantial no fuera suficiente para reponer el estanque de forma continua, los
sacerdotes a cargo de la Gruta únicamente
renovaban el agua de las bañeras dos veces al día. Teniendo en cuenta que
por la misma agua sumergían a cerca de un centenar de personas por turno, el agua
milagrosa terminaba convertida en un caldo dantesco.
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| Esperando para entrar en las piscinas. (Postal de época restaurada y coloreada digitalmente) |
Zola describe con
crudeza atroz cómo en aquella masa líquida se concentraba un «espantoso consomé de todos los males»:
hilos de sangre, restos de piel, costras, vendajes y retales de hilaza flotando
en la penumbra. Parecía un auténtico caldo de cultivo de gérmenes y contagios, un
compendio de todas las podredumbres humanas donde, a ojos del escritor
naturalista, el verdadero e imprevisto milagro residía en el simple hecho de salir con vida de aquel fango humano.
La Gruta de
Massabielle: donde todo comenzó
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| Reconstrucción de la Primera Aparición. (Postal de época restaurada y coloreada digitalmente) |
Nada del milagro de Lourdes existiría sin la Gruta de las Apariciones (Grotte de Massabielle). En 1858, este
rincón a orillas del río Gave era un paraje oscuro e insalubre conocido
localmente como La tutte aux cochons
(El refugio de los cerdos). Sin embargo, todo cambió el 11 de febrero, cuando la
joven Bernadette Soubirous fue a
recoger leña, notó una repentina ráfaga de viento y contempló a la Señora en la
roca: fue la primera de sus 18 apariciones. Zola describió con
minuciosidad la fisonomía de esta oquedad natural, de dimensiones relativamente
reducidas —apenas 5 metros de altura, 7 de longitud y poco más de 6 metros de
profundidad—, que se sitúa en la mismísima base del peñón, sobre la que se
alojaba en una hornacina ojival la
estatua de la Virgen.
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| Peregrinos rezando en la Gruta de Massabielle. (Postal de época restaurada y coloreada digitalmente) |
Dicen que los primeros peregrinos terminaron por
arrancar de raíz el rosal silvestre original que crecía en la cavidad. Durante
algún tiempo, sobre la roca desnuda siguió extendiéndose una alfombra silvestre
de hiedra, avellanos y zarzas de colgantes ramajes, hoy desaparecidos. Hacia ese hueco fluía, como un torrente incesante, lo que el
autor calificaba como el «flujo
abominable de la pobreza y del dolor humanos». Durante las tardes, la
muchedumbre se organizaba en un desfile
perpetuo: los fieles entraban por la izquierda y salían por la derecha,
persignándose, depositando ramos y cirios, besando la piedra o frotando en ella
rosarios y medallas para bendecirlos.
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| Gesto devocional: el contacto con la piedra como acto de petición y fe |
Aquel fervor incesante dejó huella física en la materia. Zola retrató cómo la piedra aparecía desgastada, pulida con el brillo lustroso y
suave del mármol pulido por los millones de labios ardientes que se posaban
sobre ella con vehemencia. Por las noches, resplandecía llameante por el fuego
de miles de cirios, erigiéndose en un deslumbrante «faro de esperanza y de ilusión». El negocio de los
cirios en Lourdes alcanzaba proporciones astronómicas. Según relata Zola, los había para todos los
bolsillos: desde las piezas más humildes de cinco sueldos (unos 25 céntimos de
franco, equivalentes a 1,15 € actuales) —capaces de arder durante apenas tres
horas— hasta descomunales velas de sesenta francos (alrededor de 270 €)
pensadas para mantenerse encendidas sin
interrupción a las puertas de la roca durante
todo un mes.
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| Gruta de Massabielle. (Postal de época restaurada y coloreada digitalmente) |
Enfrente de la gruta, numerosos bancos de roble se alineaban al aire libre para acoger a la
muchedumbre; aunque hoy en menor número, aún se encuentran unos bancos para
sentarse frente a la roca y contemplar en silencio el conmovedor espectáculo de devoción que acontece en ella o ver cómo
un empleado retira la cera de los cirios consumidos, insistiendo en que no se
pueden depositar de nuevos hasta nueva orden. Zola refleja cómo
para Marie, la joven tullida
protagonista de la novela, el deseo más ardiente era obtener el codiciado
permiso para pasar la noche entera en
vela ante la Gruta y «dormir con la
Virgen».
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| Un enfermo es llevado a la Gruta. (Postal de época restaurada y coloreada digitalmente) |
Aquella no era una concesión al alcance de cualquiera: las
autoridades del Santuario otorgaban este privilegio con cuentagotas,
reservándolo casi en exclusiva a personas influyentes o bien recomendadas. Entre los detalles singulares que documentó el escritor
figura la costumbre de arrojar cartas
a través de las verjas de hierro de la Gruta, instaladas desde las primeras
apariciones de la Virgen. Las autoridades eclesiásticas debían recogerlas y clasificarlas
en invierno antes de destruirlas, pues muchas contenían, además de ruegos desesperados, monedas de diez o veinte sueldos y sellos de correos.
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| Interior del refugio para peregrinos. (Postal de época restaurada y coloreada digitalmente) |
Desprenderse de esa suma no era un gesto menor: en una época
donde el salario medio de un trabajador industrial oscilaba entre los 3 y 4
francos por jornadas de hasta 12 horas, aquellos diez o veinte sueldos
equivalían al fruto de dos a tres horas de duro trabajo. Era el enorme sacrificio económico de quien lo
entregaba todo a cambio de un milagro. En este contexto, Zola recoge la entrañable anécdota de una humilde campesina que,
tras volcar sus penas en el papel, añadió una posdata en su carta aclarando que
adjuntaba un sello a la espera de recibir
una pronta respuesta de la Virgen.
La imagen de la
Virgen de la Gruta
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| Creyentes haciendo fila para entrar en la Gruta de Massabielle |
Hoy, la Gruta conserva ese carácter recogido y silencioso.
Los visitantes continúan haciendo fila para entrar al habitáculo rocoso, tocar la piedra con devoción y rezar al ritmo ralentizado de los
pasos. Si se mira hacia arriba a la derecha, a dos metros de altura, se
contempla la icónica estatua de la
Virgen, esculpida en mármol de Carrara por Joseph-Hugues Fabisch (profesor de la Escuela de Bellas Artes de
Lyon). Fue un regalo de las hermanas Lacour,
de la diócesis de Lyon, valorado en 7.000 francos (unos 35.000 euros actuales). Sin embargo, su creación esconde un fascinante proceso de
«fidelidad» a la visión.
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| La Virgen de Lourdes, tallada en tiempos de Bernadette, preside la Gruta |
El propio Fabisch
viajó a Lourdes en septiembre de 1863 para entrevistarse con Bernadette, quien llegó a imitar ante él los ademanes de la Señora
con una gracia que sobrecogió al escultor. Aun así, cuando el artista envió la
fotografía del primer modelo en arcilla para su aprobación, la joven no dudó en
ejercer de implacable crítica. Bernadette encontró deficiente la obra que todos alababan: el
rostro no era lo bastante joven ni risueño, las manos debían estar más juntas,
el velo caía de forma distinta sobre los hombros y el vestuario no resultaba lo
bastante recatado. Como escribió el propio párroco Peyramale al escultor: «Sometí
la fotografía al Aristarco, a quien usted teme más que a los miembros del
Instituto [...] Para Bernadette es otra cosa, dudo que al ver su estatua
exclame "¡Es ella!"».
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| El abad Dominique Peyramale y Bernadette Soubirous |
Pese a las objeciones de la joven visionaria, la imagen
terminada llegó a Lourdes el 30 de marzo de 1864 y se colocó en la hornacina de
la Gruta el 4 de abril. Su bendición congregó la primera gran procesión solemne con más de 40.000 peregrinos y
doscientos sacerdotes. Una jornada festiva en la que, por un amargo giro del
destino, no pudieron participar ni el párroco Peyramale ni la propia Bernadette:
ambos se encontraban en ese momento gravemente
enfermos. Sin embargo, el viajero actual notará una ausencia respecto
a lo que relata Zola: ya no cuelgan
de las paredes los miles de exvotos ni las muletas abandonadas que en el siglo
XIX tapizaban la roca y la Basílica Superior.
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| Paralítico en busca de sanación. (Postal de época restaurada y coloreada digitalmente) |
Cabe preguntarse si esta
transformación responde a los extraordinarios avances de la medicina moderna —que hoy previenen y curan dolencias
antes irreparables— o si es que hemos
perdido la capacidad de esperar un milagro. En el fondo, Zola
articuló toda su novela precisamente sobre ese dilema a través del cura Pierre Froment: la lucha constante entre
la razón y el deseo desesperado de creer.
El protagonista no acude a Lourdes a juzgar con arrogancia; llega atormentado
porque ha perdido la fe, pero desea
con todas sus fuerzas recuperar esa capacidad de creer y hallar un milagro que
lo salve del abismo de la razón pura.
La Oficina de
Constataciones Médicas
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| Oficina de Constataciones Médicas. (Postal de época restaurada y coloreada digitalmente) |
Uno de los rincones más curiosos que retrata Zola en su obra —y que hoy ya no existe
bajo aquella forma original— es la Oficina
de Constataciones Médicas. En pleno auge del positivismo científico a
finales del siglo XIX, las autoridades del Santuario intentaron dotar a los
sucesos de la Gruta de un rigor metódico
que pudiera resistir el escrutinio del mundo académico. Para ello, cada enfermo que participaba en la peregrinación acudía a Lourdes provisto de un detallado expediente personal.
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| Oficina de Constataciones Médicas. (Postal de época restaurada y coloreada digitalmente) |
En su carpeta no
faltaba casi nunca el certificado de su
médico de cabecera, diagnósticos firmados por
distintos especialistas, boletines de
ingreso hospitalario y todo el historial
clínico que documentaba el avance de la dolencia. De este modo, cuando alguien aseguraba haber experimentado
una sanación súbita y se presentaba en la oficina, la comisión examinadora solo
debía recurrir a su expediente, repasar los certificados de entrada y someter a la persona a un nuevo examen
para verificar si, en efecto, los síntomas o las lesiones físicas habían
desaparecido.
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| Oficina de Constataciones Médicas. (Postal de época restaurada y coloreada digitalmente) |
Sin embargo, detrás de aquel parapeto de registros,
estetoscopios y fichas médicas, lo que palpita en el relato de Zola es una desgarradora lucha psicológica. Ante diagnósticos con mal pronóstico,
los enfermos y sus familias se aferraban al veredicto divino como a una última
tabla de salvación. ¿Cómo resignarse a la muerte simplemente porque la ciencia
de los hombres los hubiera desahuciado? Zola describe el profundo rechazo que despertaba cualquier intento de desmantelar el milagro mediante explicaciones lógicas.
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| El Dr. Boissarie en la Oficina de Constataciones (Postal de época restaurada y coloreada digitalmente) |
Los enfermos se indignaban ante la mera posibilidad de que un médico intentara arrebatarles esa «alegría de la quimera», esa bendita ilusión de sanación que era, en definitiva, lo único que los mantenía con vida en mitad de tanto sufrimiento. Fundada en 1882 y ubicada bajo los primeros arcos de la rampa del Rosario frente al Gave, tuvo como primer presidente al doctor Dunot de Saint-Maclou. A su muerte en 1891, le sucedió el doctor Boissarie, un hombre de profunda fe y
vasta ciencia.
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Constatación de un Milagro. (Postal de época restaurada y coloreada digitalmente)
|
La institución funcionaba bajo un principio de transparencia insólito para la época: todos los
facultativos, sin importar su nacionalidad e incluyendo abiertamente a los
médicos incrédulos o no creyentes, tenían acceso
libre para examinar a los enfermos y verificar las actas. Entre finales del
siglo XIX y principios del XX, desfilaron por sus dependencias más de 2.700
médicos de todo el mundo —muchos de ellos de gran renombre— para cotejar los
certificados previos y atestiguar, con rigor clínico, el estado real de los
peregrinos que afirmaban haber sido sanados por un Milagro.
El «Mercado de la Fe»
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| Comercio regentado por Jean-Marie Soubirous. (Postal de época restaurada y coloreada digitalmente) |
Zola documentó con
ojo crítico el naciente «Mercado de la Fe»:
la gigantesca maquinaria comercial y hostelera que floreció al calor de la «lluvia de millones» que llegaban a
Lourdes de todas las diócesis del mundo. En las páginas de la novela, esta industrialización de lo sagrado
impregnaba cada rincón. Se manifestaba tanto en la cotidianeidad del peluquero Cazaban —quien decoraba su vivienda
alquilada con imágenes marianas para atraer clientes— como en la tienda del
hermano de Bernadette.
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| Figuras de la Virgen a la venta en la tienda de recuerdos del Moulin Lacadé |
De hecho, hoy en día, pegada al célebre Molino de Boly, el
viajero encuentra una tienda regentada
por una descendiente de la propia familia Soubirous,
en cuyas paredes luce con orgullo el árbol genealógico familiar: un guiño vivo
a esa herencia oportunista y comercial que ya retrataba el escritor francés. La
mirada del autor se vuelve verdaderamente mordaz al entrar en el bazar religioso
abierto por el matrimonio propietario del hotel de las Apariciones, los Majesté.
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| Les Grands Magasins du Vatican. (Postal de época restaurada y coloreada digitalmente) |
Al frente del comercio se encuentra su sobrina Apoline, quien catalogaba con
minuciosidad un inventario casi infinito: desde humildes rosarios de veinte peniques la docena hasta ejemplares de
lapislázuli con cadenas de oro; medallas
de todas las materias; Vírgenes de
yeso pintadas en colores vivos con ligeras modificaciones para «garantizar la propiedad intelectual del
editor»; y una avalancha de souvenirs atestando casilleros de «cincuenta céntimos» con hueveras, servilleteros, petacas y
pipas de madera con la imagen
esculpida de la Virgen.
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| La fe y la iconografía de la Virgen de Lourdes adaptada a la era digital |
Esta profusión de mercancías provocaba la desolación del arquitecto M. de Guersaint, quien condenaba aquel «arte falsamente bonito, penosamente infantil y sin sinceridad alguna», extendiendo su disgusto a la propia arquitectura del Santuario: el afeamiento de la Gruta, la monstruosidad de las rampas y las desproporciones de las basílicas. Zola
dejaba escrita una sentencia lapidaria: «La fe ha muerto para siempre en un pueblo
cuando este ya no la pone en las iglesias que construye ni en los rosarios que
fabrica». En su diagnóstico más severo, el escritor veía a Lourdes transformado
en un «lugar de abominación donde todo se
vendía: las misas y las almas».
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| La iconografía de la Virgen de Lourdes adaptada al siglo XXI |
En la actualidad, el comercio de objetos religiosos sigue siendo un motor económico indiscutible en las arterias adyacentes al recinto del Santuario, como el Boulevard de la Grotte o la Avenue Bernadette Soubirous. Ese gigantesco bazar que tanto sobrecogió a Zola —documentado en la proliferación de
tiendas de cirios, estampas y embotellado del agua de la fuente— ha cambiado
muy poco en pleno siglo XXI. El modelo de negocio simplemente ha actualizado su
oferta por alfombrillas de ratón, carcasas para móvil o cojines con la estampa de la Santísima
Virgen que siguen abarrotando los escaparates.
Dónde dormir en
Lourdes: Grand Hôtel Gallia & Londres ****
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| Rue de la Grotte y el Hôtel de la Chapelle. (Postal de época restaurada y coloreada digitalmente) |
Para sumergirse de lleno en la atmósfera de la Belle Époque sin renunciar al confort
actual, la elección ideal es alojarse en el Grand Hôtel Gallia & Londres (el antiguo Grand Hôtel de la Chapelle).
Ubicado estratégicamente en la avenida
Bernadette Soubirous, a solo unos pasos de las puertas del Santuario, este
icónico establecimiento encarna como ningún otro la tradición de hospitalidad y
lujo que floreció en Lourdes a finales del siglo XIX.
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| Salón del Grand Hôtel Gallia et Londres. (Postal de época restaurada y coloreada digitalmente) |
Detrás de sus muros se esconde la impronta de una mujer
visionaria: Benoîte Soubirous. En
1872, Benoîte dejó la granja familiar
para casarse con Jean Soubirous
—molinero de la ciudad y primo de la propia Bernadette—.
Lo que comenzó como una modesta casa de
huéspedes para peregrinos se
transformó, tras reuniones con banqueros en París, en el monumental Hôtel de la
Chapelle.
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| Fachada posterior del Hôtel de la Chapelle. (Postal de época restaurada y coloreada digitalmente) |
Entre 1870 y 1880, el edificio contaba con tres plantas —una
menos que en la actualidad— y ya destacaba como el establecimiento más
exclusivo y distinguido de toda la avenida. Para la década de 1890, el complejo
vivió una ambiciosa expansión con un elegante
estilo londinense, que incorporó un vasto comedor de lujo exuberante y se
convirtió en un referente pionero de la vanguardia tecnológica.
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| Habitación actual en el Grand Hôtel Gallia & Londres |
Dotaron a todas
las habitaciones de chimenea propia
e iluminación de gas y contaba con agua caliente ilimitada. Con el tiempo, el hotel instaló su propia central hidroeléctrica
privada —la primera de los Pirineos— para dotar a las estancias de luz eléctrica, además disponían de un
coche de caballos propio para
recoger a los huéspedes en la estación de tren y con el tiempo, un automóvil.
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| Recepción del Grand Hôtel Gallia & Londres |
La
fisonomía del edificio alcanzaría su altura definitiva en 1912, cuando se
añadió la cuarta planta que luce hoy en día. Durante la Belle Époque, sus salones fueron el epicentro de la alta sociedad.
Por sus pasillos desfilaban miembros de la realeza, nobles italianos y rusos,
divas y magnates industriales que combinaban la devoción religiosa con una
vibrante vida social.
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| Lobby del Grand Hôtel Gallia & Londres |
Tras las jornadas en la Gruta, las noches del hotel se
animaban con arias de ópera, recitales de piano, veladas teatrales y
demostraciones novísimas para la época, como el cinematógrafo, el fonógrafo o
sesiones de mesmerismo. Hoy en día, el hotel conserva intacto ese encanto histórico y su decoración «Grand Siècle». Alojarse aquí permite
disfrutar de su ubicación cercana al Santuario y descansar tras la jornada de
visitas.
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| Bar del Grand Hôtel Gallia & Londres |
El bar Les Salons
d'Eugénie —con su atmósfera dorada y roja adornada con frescos napoleónicos
y majestuosos espejos— invita a relajarse o disfrutar de su terraza con vistas
al Castillo Fortificado. Una experiencia que se completa por las mañanas con un
desayuno buffet que homenajea los
sabores locales y donde destacan las mermeladas artesanales, los croissants
calientes y los quesos de los Pirineos.
Más información: Grand
Hôtel Gallia & Londres ****. Dirección: 26 Avenue Bernadette Soubirous, 65100 Lourdes. Teléfono: +33 (0)5
62 94 35 44. Web: Grand Hôtel Gallia & Londres.
Toda la información generada en
Redes Sociales durante mi viaje a Lourdes puede consultarse a través del
hashtag #TourismeLourdes.