24 diciembre 2013

El silencio del desierto es el mejor amigo del loco: Desierto de Wadi Rum (Jordania)


El silencio del desierto es el mejor amigo del loco
(Proverbio beduino)

Tras una dura jornada por el área desértica de Wadi Rum, el más maravilloso desierto que he pisado jamás, sólo pienso en la posibilidad de una ducha: ¡desvarío, sin duda!

Después de todo el día, protegiéndome el rostro del sol abrasador con un pañuelo, y de sudar arena por todos los poros de mi piel, espejismos y alucinaciones asaltan mi mente. Estoy impregnada de los pies a la cabeza del olor a camello de mi montura, con estas absurdas tribulaciones desciendo al fin, cuando encontramos un emplazamiento seguro para pasar la noche: un campamento de tiendas beduinas.

Fue un gran placer ser recibida por un grupo de badawiyin o beduinos del desierto. Unos descansaban en el interior de una gran jaima (tienda utilizada por los pueblos nómadas) y otros alrededor de una hoguera. Las ardientes ráfagas de viento de la tarde se habían extinguido y en esos momentos el aire olía a mansaf (plato de arroz guisado con cordero). Nos sentamos a contemplar las estrellas que cubrían el cielo oscuro, mientras compartíamos la comida de nuestras mochilas con la carne que nos ofrecían nuestros anfitriones y que crepitaba en parte sobre las brasas. Sentí una amarga frustración por no saber árabe y perderme lo que parecía la diversión de la tribu: escuchar las entretenidas historias del contador de cuentos. Los más pequeños se acercaban a sus madres para escuchar las viejas leyendas mil veces explicadas a través de los tiempos.

La noche se cernía sobre nosotros y el cansancio hacía mella en nuestros maltrechos cuerpos; nos estiramos sobre las esteras y conciliamos un sueño profundo y reparador. Desperté con el olor del cardamomo que aromatizaba el té de la mañana y el sonido melódico de las cabras. Cuando preparamos nuestras pocas pertenencias para echarlas al hombro, se desató una tormenta de arena que fugazmente azotó nuestra tienda. Cuando desapareció, nos pusimos en marcha para buscar Los siete pilares de la sabiduría; un promontorio rocoso erosionado por el viento y en medio de la nada. El lugar, aunque inhóspito, me invita al paseo con mis pensamientos. Camino en silencio, acompañada del débil crujir de los granos de arena bajo la suela de mis botas. Por fortuna mi guía beduino no me pierde de vista, y como buena muestra de hospitalidad árabe, me ha preparado una deliciosa comida que disfrutamos sobre una alfombra, recostados a la sombra de la montaña.

Me resisto a marcharme, quisiera quedarme una jornada más para contemplar el atardecer, cuando las paredes montañosas se enciendan de color y las dunas desaparezcan en la inmensidad del desierto por la falta de luz. Pero el viaje debe continuar; aún queda encontrar los dibujos rupestres de dos mil años de antigüedad de Jebel Khazali, y quien sabe si alguna piscina natural escondida entre las rocas que nos deleitará con un baño nocturno.

Jordania es un sueño real al alcance de cualquier aventurero.

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