09 mayo 2013

Reto HostelBookers.com: describe el hostel de tus sueños


Desde que me inscribí en el encuentro de blogueros y blogueras de #TBMCatsur de Travel Bloggers Meeting, las opciones por dar a conocer el trabajo que realizamos los apasionados de los viajes, no ha dejado de crecer.

Hoy me uno a la divertida iniciativa de HostelBookers.com -con su Hashtag: #HostelTMB- que nos desafía a describir el hostel de nuestros sueños, teniendo en cuenta una anécdota personal. Esta es pues, mi candidatura para el concurso de HostelBookers en el #TBMCatsur:

Elegir un alojamiento siempre es una cuestión de riesgo, un juego de azar que nos expone a la interrogación del lugar, las comodidades e incluso al transporte de cómo llegar. Recuerdo que siendo una adolescente en un viaje por el País Vasco francés, se nos hizo de noche cerca de Pau. Por aquél entonces ni disponíamos de GPS, ni de teléfono con conexión a Internet, ni tan siquiera una guía en papel. Viajábamos con un mapa de carreteras “de los de toda la vida” y haciendo muchos kilómetros en coche, hasta llegar a aquellos lugares que habíamos visto en televisión. Parábamos cuando teníamos hambre y seguíamos camino después de comer.

Estábamos en el viaje de regreso a casa y teníamos que buscar dónde dormir, en esa eterna cuestión entre hombres y mujeres de: “estamos a punto de llegar” y “baja y pregunta” que tenían mis padres, conseguimos encontrar un bar de carretera que además de ofrecernos una fugaz cena, nos indicaría lo perdidos que estábamos de cualquier población con un mínimo de infraestructura hotelera. El dueño se debió apiadar de mi padre, sobretodo por la bronca monumental que podía caerle de mi madre, y nos comentó que conocía a un hombre soltero que vivía en una casa muy grande. Su madre había fallecido recientemente y la casa disponía de muchas habitaciones. El mesonero estaba casi seguro que aquel hombre nos podía acoger por una noche, sin problemas.

Han pasado muchos años desde aquella aventura pero aún recuerdo la experiencia, así que si tengo que describir el hostel de mis sueños lo haría con los detalles de aquel fantástico lugar, mezcla entre Las Crónicas de Narnia y Psicosis.

La casa era tipo masía, con paredes suaves pero irregulares de color blanco, tras un gran portón de madera rústica con herrajes oxidados, apareció un hombre alto y fornido con un candil en la mano. Tras explicar nuestra situación, accedió muy amablemente a dejarnos dormir en su casa. El suelo de las habitaciones era de losas de cerámica sin pulir, una pequeña bombilla de la época de Thomas Alva Edison iluminaba levemente la estancia que carecía de calefacción. El dueño nos había traído un montón de mantas tejidas a mano que aún conservaban el olor a cabras y ovejas. Las camas eran enormes, hechas de madera oscura con el cabecero torneado y de una altura considerable. El colchón estaba relleno de lana y una vez conseguías subirte a la cama te quedabas “rodeado de colchón”; imposible darte la vuelta. Un orinal, una palangana y una jarra de hierro esmaltado hacían las veces de aseo, aunque también había disponible un baño al final del pasillo.

No fue hasta la mañana siguiente con la luz del día entrando a raudales por la ventana, que me percaté de los dos gigantescos armarios roperos de la habitación, estaban cerrados con llave y no pude mirar en su interior, pero estoy segura que escondían tesoros de otras épocas, de hecho sólo había que contemplar con cariño aquel improvisado hotel del siglo XIX.

Se ha dicho en Planeta Dunia

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