28 febrero 2014

Viaje al Yemen


Hay países y lugares que quedan grabados en nuestra caprichosa memoria como huella indeleble de nuestra historia. Uno de esos parajes tatuados en mi cerebro es sin duda Yemen. Aquí encontré parte de una historia olvidada por el mundo, un pedazo de planeta mal conocido y bastante tergiversado pero también una tierra llena de contrastes y de naturaleza desbordante.

Transcribo de mis notas de viaje las sensaciones de aquel 19 de agosto del 2006.

“Es difícil encontrar Internet y tiempo para escribir en Yemen. ¡Cómo me hubiera gustado hacerlo cada día!. Al final de cada jornada, en el transcurso de los acontecimientos. Explicar lo que he visto y lo que he vivido tan diferente a la imagen que se tiene de este país árabe. Haciendo balance, uno llega a la conclusión de que Yemen es un país espectacular.

Hemos vivido largas jornadas para aprovechar el tiempo y no sufrir el calor en exceso. Hay tanto por descubrir en esta zona del Máshrek (lugar por donde sale el sol) que nos levantamos a las seis de la mañana y nos acostamos cuando el cuerpo no puede más. A veces son las ocho de la tarde otras pasada la medianoche, todo depende del cansancio o de las visitas programadas para el día siguiente.

Hemos cruzado el Desierto de Rub al-Jali; uno de los más extensos del planeta. Bajado por inmensas dunas en 4 x 4 acompañadas por beduinos. Hemos subido a pie hasta la cresta de las dunas para tan sólo poder ver como amanece y la luz lo invade todo. Acampadas en el desierto, mientras los zorros, nos miraban curiosamente como nos reuníamos alrededor de una fogata y bebíamos té. Del desierto fuimos a la costa hacia el Mar Rojo, la playa estaba desierta y la única construcción era apenas cuatro paredes. Volvimos a acampar, esta vez sobre arena blanca, cerca de Bir Ali. Este precioso lugar aún no ha sido devorado por el hormigón y los cables eléctricos y permanece virgen para disfrute de los que amamos el silencio. Al amanecer se podían ver delfines saltando en el agua cerca de la orilla, sin necesidad de violar su espacio, a simple vista, ellos en el mar y nosotras en la tierra. Aquí, uno puede imaginar cómo debían ser las playas cuando aún no las habían descubierto los grandes grupos hoteleros. Después de recorrer Tihamah (Tierras calientes) una zona de calor y bochorno de nivel máximo, nos fuimos a la zona más montañosa del Yemen, donde hemos dormido en casas típicas, abrigadas con saco y mantas en pleno mes de agosto.

En las montañas, los yemenitas trabajan la tierra con un sistema de terrazas de cultivo parecido al de Perú. Las alturas de las terrazas han llegado a superar los 3.000 metros de altitud, la verdad es que viendo los paisajes y los cultivos no parece que uno esté en Arabia.

Camellos, burros, gallinas, cabras, vacas, bueyes, delfines, ranas, cangrejos, halcones, búhos y una manada de buitres rodeando una vaca muerta, ponen la nota pintoresca al viaje. Escenas que parecen sacadas de un Belén viviente, miles de historias escondidas detrás de cada foto. Un anciano que me pidió que le hiciera una foto con su nieta. El hombre de las montañas que quería que le sacara la foto en papel desde mi máquina y posó delante mío con orgullo. La de la única mujer que me pidió que la fotografiara cuando la mayoría de la población femenina debe pedir permiso a su marido para hacerlo. La de los centenares de niños que con sus enormes sonrisas y ropas raídas posaban, jugaban y nos seguían porque nosotras éramos el espectáculo. La imagen del carnicero abriendo en canal a un carnero mientras su cliente esperaba tan suculento despiece. El pescador sacando de su barca la pesca del día y luciendo su mejor captura para inmortalizarla en mi cámara. El frutero poniendo su mejor sonrisa y buscando las cajas de fruta que venían de España para que supiéramos que yemenitas y españoles éramos “amigos”. Y otras, las menos, aquellas “fotos robadas” (por decirlo de alguna manera), sacadas a escondidas, desde el coche en marcha, a aquellas campesinas que trabajaban de sol a sol embutidas en sus velos negros y tocadas con un alto y puntiagudo sombrero de paja. Tantas y tantas personas que siempre acabas encontrando en cada viaje y que de alguna manera han querido formar parte de nuestros recuerdos para siempre.”

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