30 octubre 2013

Paseo por el Mekong


Hay sensaciones que son difíciles de explicar, como por ejemplo: qué se experimenta cuando el roce del viento acaricia nuestra piel, en un día de temperatura templada y agradable. Atravesar el río Mekong en una embarcación a poca velocidad, asegura ese instante de comunión entre el viento y nuestra piel. Durante la travesía por uno de los ríos más largos de Asia, las altas montañas situadas en ambas orillas, flanquean el perfil del camino. 

La panorámica está cuajada de diferentes especies de plantas arbóreas: teka, palmeras, bambú... tapizan por doquier cada centímetro del suelo. La vida salvaje apenas se vislumbra protegida por la espesura, pero si apagamos el motor de la embarcación, se oye nítidamente esa macedonia de sonidos que habitan en los bosques y en las selvas vírgenes de cualquier parte del mundo. Aves, insectos, monos.... trinan, cacarean, susurran, crepitan, cantan, vibran, aúllan... es el hilo musical de la naturaleza y acompaña cualquier paseo río abajo. Desearéis apagar los motores y detener el tiempo para poder disfrutar del concierto de la Madre Tierra y del paisaje que se abre ante vuestros ojos.

En agosto es época de lluvias en Laos y el cielo permanece moteado por inmensas nubes blancas. En los pequeños espacios donde puede observarse el cielo, éste es de un azul intenso, tan limpio y nítido como puede llegar a ser el lugar donde moran los Dioses del Olimpo. Imaginaros un lienzo con una tonalidad azul en lo alto, verde en el medio y café con leche en la parte de abajo; tenéis ante vosotros, los colores del horizonte del Mekong, y nunca diríais de su belleza al imaginar ¡un caudal de agua cobriza!. 

Este enorme río que nace en el Tíbet y que recorre pausadamente 4.350 kilómetros entre Laos, Myanmar, Tailandia y Camboya, debería tener bandera propia: tres franjas azul, verde y marrón que representaran al Mekong fuera de sus fronteras. Porque aquí la vida tiene sus propias reglas, sus “ciudadanos” son capaces de vadear, pescar y sobrevivir por muy duras que sean las condiciones que impongan las aguas.

Si se tiene la fortuna de navegar por este río a primera hora de la mañana, una etérea niebla corona las cimas de colinas y montañas más altas. La blanca aureola celestial desaparecerá a medida que avancen las horas y así, con la misma sutileza prosigue nuestra embarcación recorriendo el Mekong y algunas de las pequeñas poblaciones que salpican sus márgenes. Algunas dedicadas a la elaboración y venta de Lao Kao; un vino de arroz de buen sabor y mejor pronóstico que es elaborado artesanalmente. Las botellas de alcohol de arroz comparten espacio en la destilería laosiana con otras botellas de exóticos licores, donde escorpiones y serpientes son macerados en su interior, pero ésto es el inicio de otra buena historia para contar otro día.

2 comentarios:

Blai dijo...

No m'imagino una descripció millor per una experiencia com aquesta. Ja saps que també he pogut experimentar-ho i que probablement com tu, he quedat de per vida encandilat per Laos i el Mekong.

Magnífica entrada que m'ha fet recordar grans moments viscuts a Laos i de nou, desitjar tornar-hi aviat.

Una abraçada Ana!

Planeta Dunia dijo...

Gràcies Blai per les teves paraules. Hi han racons del planeta que ens atrapen per sempre i persones que hi són al rècord de la nostre ment anònima.

Se ha dicho en Planeta Dunia

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