09 julio 2013

El antropólogo eventual


La magia de un viaje, a menudo, reside en sensaciones experimentadas en diminutas unidades de tiempo. Recuerdo muchas de esas pequeñas y fugaces unidades como la esencia viva del viaje quizás porque en el fondo, forman parte de un viaje mucho más largo que cualquiera que podamos desarrollar geográficamente y que se va realizando sin pausa durante toda la vida. Un viaje que te transporta hacia el viaje interior, hasta la esencia más pura de uno mismo.

En el viaje que realicé al Yemen en agosto del 2006, realizamos una parada en el camino que partía desde Adén y que se dirigía en dirección a Ta'izz (Taiz); la tercera ciudad más grande del país. Estacionamos los vehículos y el grupo se dispersó bajo la sombra de los árboles, de lo que me parecía formar parte de un campo de cultivo. Allí repusimos fuerzas con un fugaz picnic que ha quedado olvidado en mi memoria.

Dos niños que correteaban por la zona, fueron interceptados por nuestros chóferes, quienes les llamaron para realizar una de las tareas más importantes de los hombres yemenitas: la preparación de las hojas para masticar qat (un estimulante vegetal que es mascado hasta formar una bola). El par de criaturas permanecían acuclillados, mientras separaban las hojas más tiernas de las que no servían, y rápidamente el manojo de brotes quedó reducido a un montón de tiernas y “jugosas” hojitas verdes.

Contemplaba la delicada escena tan abstraída que perdí la noción de lo que sucedía a mi alrededor hasta que levanté la vista. Un grupo de una veintena de niños se habían acercado hasta nuestro improvisado campamento y susurraban entre ellos subidos en lo alto de un pequeño montículo. La algarabía de los chiquillos estaba sabiamente atenuada por la educación y el respeto a los mayores. Permanecían expectantes y concentrados mirando a aquellos extranjeros que habían llegado a las inmediaciones de su pueblo. Risas, murmullos y grandes dosis de entusiasmo quedaban reflejados en varias docenas de brillantes ojos que no podían apartar su mirada de nosotros.

Abdo Qailan, nuestro conductor, quedaba situado en un lado de la imagen, vigilante de la escena y sin querer tomar parte de ella. Como si de un buen antropólogo se tratara, intentó que aquel contacto entre dos mundos tan distintos no se contaminaran pero sí pudieran tomar consciencia de la existencia de ambos.

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