27 agosto 2009

Dunas para Dunia. Los tres desiertos a los que volvería

El desierto no es más que polvo, de cielo destruido

He recorrido varios desiertos en mi vida, me he alojado en varias ciudades que cierran sus puertas a las inclemencias del tiempo y al aire lleno de polvo. De todos ellos destacaré tres desiertos:



Ramlat as Sabatain, en Yemen, cerca de la frontera nororiental se encuentra este territorio beduino de 600 kilómetros de desierto, donde todavía es posible encontrar una ciudad enterrada. La tierra dominada por el gran desierto de arena de Rub al-Jali, en árabe quiere decir región vacía, se presenta majestuosa, de derecha a izquierda y hasta el infinito, dos colores lo invaden todo: el marrón tostado, acogedor y nebuloso de las arenas de este desierto yemení y el azul cobalto, firme y poderoso del cielo, como si fuera realmente cierto aquello que dicen: de que el desierto es polvo de cielo destruido. Contemplar los tonos de la inmensidad de las dunas de arena, todas esas sombras que dibuja el sol en su caricia por la tierra, una paleta de colores única y cambiante que lo impregna todo. Estamos en un entorno espectacular y deshabitado, una oportunidad para soñar y disfrutar aunque el calor sea intenso y toneladas de polvo se introduzcan por la más pequeña de las rendijas de nuestra vestimenta, de las casas y de los coches, tiñendo con una suave capa de arena todo aquello que toca.



Las Líneas de Nazca, en Perú, están consideradas por la UNESCO Patrimonio Cultural de la Humanidad. En los llanos desiertos de Paracas, los antiguos pobladores de la cultura Nazca tejieron espléndidos mantos de variados colores, momificaron a sus muertos con singular maestría y trazaron un valioso monumento arqueológico constituido por 32 geoglifos. Este enorme conjunto es una red de líneas, de variados dibujos de animales marinos y terrestres, plantas, figuras humanas y figuras geométricas gigantescas, resulta sorprendente la espectacular dimensión de los dibujos. Ubicadas entre el Km. 419 y 465 de la Panamericana Sur, en las pampas desoladas, cubriendo un área de aproximadamente 350 Km2 con la misteriosa intención de rendirle culto al agua o de interpretar los mensajes del Sol, la Luna y las estrellas. El sobrevuelo de las Líneas de Nazca es una experiencia inolvidable.



Djenné, en Malí, también conocida con el nombre de Yenné, Djenne o Djeneé, es una pequeña ciudad situada en el delta del río Níger, ubicada en medio del desierto formando parte del paisaje con gran majestuosidad. Los arqueólogos la consideran la primera ciudad de África y seguramente es la población más hermosa de Malí. Por ella han pasado multitud de etnias; bozos, bambaras , sonraís y peuls, actualmente habita un cuarto de millón de mezclas étnicas diseminadas en sus más de doscientos kilómetros de largo. Las caravanas de marfil, oro, esclavos, lana y nuez de cola procedente del sur de antiguos tiempos se han convertido en autobuses cargados de cachivaches de plástico, frutas, verduras y cereales, la ciudad fue y sigue siendo un punto comercial importante entre la sabana y el desierto. Sus calles y casas medievales quedan rodeadas por el agua en época de lluvias. Esta "Venecia del Níger" donde el comercio sigue siendo tan importante, recibe los días de mercado, a mujeres espléndidamente ataviadas, alegres, sinceras, amistosas; quizá por contraste con la monotonía de las tonalidades del desierto que las rodea tienen desarrollado más el sentido del color y la hospitalidad.

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